Reflexiones, Textos para orar

Tu Paz

«Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa.» (Lc 10, 5)

Esa es la clave para tener un verdadero encuentro con otra persona: compartir esa paz… que no se dice con la boca, sino que se expresa en la mirada.

Esa mirada natural -no forzada-, con sentimientos -no fría-, con interés por la persona a quien mira -con empatía-, con actitud de escucha…

Esa mirada natural que en momentos, rompe las fronteras de los modos de expresarse -no sólo los idiomas- y, a pesar de no entenderse, busca todos los medios de comprender al otro, de comprenderse entre ellos.

Esa mirada natural que rompe las «máscaras de protección» creadas con el tiempo -a veces, por situaciones difíciles- y nos libera por dentro.

Esa mirada natural que, aunque cueste mantenerla largo tiempo cara a cara, y casi automáticamente, de vez en cuando se desvíe, sabemos que sigue y que es un modo de llevar la Paz a esa persona, a esa casa.

Esa mirada natural -que sale de dentro-, esa paz… que no tiene palabras…

Señor, deseo que sepamos llevar y compartir tu Paz.

Reflexiones, Textos para orar

El verdadero Corazón de Jesús

El verdadero corazón a veces no va con nuestra lógica -no siempre correcta- y eso me ocurre a veces con el evangelio de Lucas.

La primera reacción que he tenido al leer: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra?» ha sido como sentirme contrariada. ¿Por buscar a la descarriada pone en riesgo noventa y nueve? ¿Están en el desierto?

En este mundo en el que los números son tan importantes y, en algunas situaciones, somos tratados más como número, que como persona, la reacción del pastor de esta parábola no tiene sentido. En cambio, para Jesús es la correcta.

Además, ese adjetivo de «descarriada», esa etiqueta despectiva que se ponen a algunas personas, hace que todavía tenga menos valor para quien la nombra de ese modo, a pesar de seguir siendo una vida. Pero Él ve que le necesita. No es que desprecie a las noventa y nueve, sino que sabe que ellas están bien.

Después, me ha venido el recuerdo de lo que dijo una vez un religioso que de pequeño fue pastor. Resulta que un día se quedó dormido en la montaña con las ovejas. Cuando se despertó, no estaban las ovejas y fue a casa preocupado pensando que las había perdido todas pero, resultó, que ellas a su hora, sin avisarles nadie, volvieron a su casa y allí las encontró.

Volviendo al Evangelio, veo que la otra oveja necesita que la ayuden. Y Jesús, cuando la encuentra, se la carga a los hombros, se alegra y comparte su alegría. No abandonó a las otras, sino que sabía que iban a volver a su lugar, en su hora, sin problemas.

El ser parte de la Iglesia, de la parroquia, de la congregación -como también es mi caso-, no quiere decir que no me vaya a descarriar en algún momento. Reconozco que en algunos momentos de mi historia he sido la oveja descarriada, pero me cargó con cariño haciendo todo lo posible para volver donde estaban las demás, para formar ese rebaño, escucharle y seguirle. Y tengo la seguridad que Él lo seguirá haciendo cada vez que fuese necesario.

Gracias, Señor, por ser un Pastor que nos llamas a cada persona por nuestro nombre, que no somos un número para ti y te preocupas sin excluir a nadie. Gracias por el corazón tan grande que tienes.

Reflexiones, Textos para orar

La Eucaristía dentro y fuera

El Evangelio, a pesar de celebrar el día del Corpus Christi, no habla del rito de la Eucaristía, no es la Última Cena, sino que es una multiplicación de panes (Lc 9,11b-17). ¡El día del Cuerpo de Cristo sin el texto evangélico de la Institución de la Eucaristía! Y hasta rompe un poco ese «esquema» de que la primera lectura y el evangelio tienen una relación, un tema en común y la segunda lectura puede ser totalmente diferente. Hoy las dos lecturas tienen una cierta relación pero ¿el Evangelio?

Si nos centramos en este Evangelio, comienza diciendo que se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban… y yo añado o modifico diciendo que a los que sentían que lo necesitaban y por ese motivo se desplazaron, fueron a donde estaba Jesús.

Después los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente»… Ellos veían a tanta gente, con poca comida, sin lugar donde alojarles… Y me meto en «ese pellejo» y creo que reaccionaría igual. Con lo poco que tenían ¿cómo iban a alimentar a tanta gente?

Lo peor viene cuando Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.» Me parece que yo ni hubiera tenido agallas de decir que «No tenemos más que cinco panes y dos peces», sino que me hubiese quedado callada, bloqueada, en blanco, sin saber cómo reaccionar. ¡No había ni comida ni tiempo para conseguirla!

De todos modos Jesús nos da la solución: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.»... Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente.

Primero se hicieron grupos de unos cincuenta, o sea, grupos más pequeños, más familiares. Y después de la bendición, se partió y se compartió.

Es como por ejemplo, cuando nos vamos a la Basílica de Luján de modo improvisado y nos encontramos con otras personas con esa misma actitud de oración, de peregrinación. Ves que una persona que se ha quedado sin agua por el camino y se la compartes. Y ella te comparte una empanada. Y hay encuentro, hay diálogo, y algo que os ha unido que es la fe y os ha motivado a ir hasta allí.

En este caso, Jesús les unió y les motivó a compartir lo poco que tenían, pero que al final se saciaron y hasta les pudo seguir sobrando algo.

Pero volviendo a la Eucaristía, volviendo a lo que celebramos hoy con más fuerza que otros días. ¿Qué tiene que ver esta lectura con la de la institución de la Eucaristía? ¿Qué conclusión puedo sacar?

Personalmente siento que vivir la Eucaristía, comulgar el Cuerpo de Cristo, me tiene que llevar a responder esa frase corta pero comprometida de Jesús: «Dadles vosotros de comer.» La verdadera Eucaristía no sólo se vive cuando la celebramos en la capilla o parroquia, sino también cuando salimos y vivimos a lo que nos compromete comulgar; cuando partimos y compartimos lo que tenemos -aunque sea poco- y lo que somos.

Nos compromete a compartir -y así a multiplicar- nuestros panes y peces, nuestra comida y nuestra escucha, nuestra ropa y nuestro afecto… y así hacer viva la Eucaristía fuera de las cuatro paredes. Cada persona sabremos cómo.

Que el Señor nos ayude a vivirla conscientemente y a hacerla vida, allá donde estemos.

Reflexiones

Donde el “Te necesito” no avergüenza…

Me gusta la música en general, y unos estilos de música. Crecí en medio de la música clásica, música popular y la que me tocó en mi época: pop, rock-and-roll, rumba… Y antes de saber la frase de «el que canta ora dos veces», ya la vivía.

Teniendo en cuenta la música en la oración o en la misma vida cotidiana vivida -en mi caso y en el de tantas otras personas, vivida desde la fe- en ciertos momentos, especialmente en los que por diferentes motivos me cuesta poner palabras a lo que siento, a lo que vivo, recurro a canciones. Otras veces me identifico con algunas que escucho por casualidad, sin haberlo previsto, pero que justo la necesitaba.

Estos días me da vueltas -conscientemente- la canción «Declaración de domicilio», compuesta por Eduardo Meana, pero cantada por Cristobal Fones.

La verdad que la letra tiene diferentes experiencias de la vida y la estrofa que deambula por mi cabeza es:

Vivo en el lado pobre de la vida
donde la sencillez airea tu casa,
donde el “Te necesito” no avergüenza,
donde nace del alma el “Muchas gracias”…

En medio de mi sencillez, de que querer ser sincera conmigo misma y con los demás, hay momentos que necesito abrirme, sacar lo que tengo dentro de mí sin vergüenza… sacar sentimientos e intimidades especialmente cuando duelen por diferentes motivos. También necesito alguien que me escuche y sea mi espejo. La verdad que le «muchas gracias» queda corto para expresar el agradecimiento por la gran ayuda que hace.

Sí. En este momento reconozco y me identifico en esta necesidad y agradecimiento inseparables, en este lado pobre, que también forma parte de la vida.

Y tú, ¿en qué estrofa te ves más reflejada?

Reflexiones, Textos para orar

Miedo y envío

Miedo y envío. Esas son las dos palabras -casi contradictorias- que me han venido al leer el Evangelio en este día de Pentecostés (Jn 20, 19-23).

«Estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos». El miedo que muchas veces paraliza, como les ocurrió a ellos, y les hizo encerrarse, no salir. No me puedo imaginar todos los pensamientos que tendrían pero, lo que sí creo es que por lo menos la mayoría no serían nada agradables. Y a veces, ese miedo llega a encerrar de tal manera, de no querer ver ni escuchar, para intentar evadirse de esa situación que cuesta afrontar.

En este momento nada agradable Jesús, se puso en medio de ellos y, sin tener tiempo para reaccionar les dijo: «Paz a vosotros». Esa paz que da aliento, esperanza, alegría. Esa paz que en situaciones duras da coraje. Esa paz que nos recuerda que no estamos solos, que Él está presente en nosotros, en nuestro día a día con el Espíritu.

Y el Espíritu nos mueve, nos empuja, nos impulsa a responder ese envío allá dónde estemos o seamos llamados a estar, a amar, a compartir la vida, a ser nosotros mismos con su fuerza.

Esto no quiere decir que no tengamos miedo, sino que el Espíritu nos mueve -si nosotros nos dejamos- a pesar del miedo, nos ayuda a afrontarlo.

Gracias, Señor, por confiar en nosotros, y enviarnos a contagiar tu amor -a pesar de nuestra fragilidad- estando siempre con la compañía y ayuda de tu Espíritu.

Reflexiones, Textos para orar

Amando hasta el extremo

Al leer la frase de: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13, 34) me han venido a la mente otros textos del Evangelio que reflejan su amor sin límite, reflejan lo que es el verdadero amor.

Después he recordado el título de una canción: Amando hasta el extremo de Maite López.

Me vienen personas que dieron ese amor hasta el extremo ayudando y defendiendo a la gente, arriesgando su propia vida: unas más conocidas como San Oscar Romero, otras menos como Beata María Laura Mainetti.

No siempre ese amor tiene que terminar con una muerte violenta. ¡Cuántas anónimas hay que dedican su vida a la gente carente de comida, de ropa, de escucha, de cariño… de amor reflejado en gestos concretos!

Contemplo este mandamiento que se ha hecho vida en gente concreta que conozco -aunque eso no suele ser noticia en los telediarios ni noticieros- y se seguirá haciendo en otras personas desconocidas para mí.

También me pregunto si ese amor le vivo desde dentro, desde la espontaneidad, desde mis entrañas.

Señor, deseo que tu Palabra se haga vida en mí cada día, que tu amor le refleje en mi jornada cotidiana. Que con tu gracia ame como dice Maite en su canción: «entregando mis entrañas, mis entrañas de mujer».

Reflexiones, Textos para orar

¡Señor Mío y Dios Mío!

En momentos me siento identificada a los discípulos, ante situaciones en las que me «encierro» a causa del miedo al qué dirán, qué pensarán… y tantos otros «qués» que reconozco que no tienen sentido, pues lo único que consigo es dañarme a mí misma, paralizarme, no realizarme como persona, como mujer, como cristiana.

También ocurre que Jesús quiere romper las fronteras, y quiere seguir entrando en mi vida de modos diversos, que no lo puedo-ni quiero- evitar, a pesar que suele ser cuando más cuesta reconocerle. Pero al final, cuando soy consciente de ese encuentro, siento su paz y me impulsa a salir, que es lo contrario de encerrarme; a ser libre, a vivir el proyecto por el que yo opté, mi compromiso cristiano; a vivir este envío desde mi ser allá donde esté, donde estoy.

Al final, Él es el que gana. Y en medio de los momentos de bajones, de desánimo, de dudas… a pesar de todo, me uno a las palabras de Tomás: «¡Señor Mío y Dios Mío!» (Jn 20, 28)

Reflexiones

En la oscuridad de aquel sábado…

Al comenzar el día, en la oración personal, he intentado acercarme al silencio de María, ante el duelo de la muerte violenta de Jesús. Personalmente mi silencio era exterior, pero interiormente me venían situaciones, momentos de dolor, de impotencia, de responsabilidad…

Después, en mis manos ha caído un artículo en espiritualidad ignaciana y me he sentido identificada con esas «ausencias» de Dios a las que se refiere, que en momentos siento, sabiendo que está presente y con esa sugerencia de: Si el Viernes Santo intentamos acompañar a Cristo en su dolor, ¿por qué no acompañar hoy, aunque solo sea por un momento, a aquellos hermanos nuestros, en la oscuridad de aquel sábado?

En realidad, ya tenía programado en encuentro con jóvenes, niños y niñas en un merendero aunque, más que para merendar, para comer. Cada uno con su historia… con sus familias destrozadas, con violencia, humillación… carencia de un hogar digno… droga… Hoy mismo estaba la policía vigilando una casa y decían que estaba desde anoche.

Con algunos de ellos, ha habido un encuentro informal, un diálogo, un primer contacto… Después de estar un buen rato hablando, compartiendo experiencias alegres, de humor, de esperanza, hemos preparado la comida sencilla del primer día. Hoy ha sido la primera vez que se ha hecho la comida este año de este modo, como «comienzo de curso», pues llevan años acogiéndoles y, casi todos los que participan ayudando en este proyecto, les conocen. Yo he sido la nueva en este tipo de encuentro con ellos. ¡Han ido algo más de 60!

Ahora me pregunto: en medio de esa «ausencia» de Dios, que algunos de estos jóvenes, niños y niñas pueden estar viviendo -creo que hasta de modo inconsciente, pues no han conocido otra cosa-, ¿no les hemos acompañado en medio del dolor que viven por sus difíciles situaciones? ¿No les hemos dado algo de claridad -lo contrario de la oscuridad-, con el Amor de Dios compartido y expresado con la acogida, la conversación, la comida…?

Después de lo vivido, me quedo contemplando a Cristo en su dolor, poniéndole el rostro de personas de hoy y, deseando que mañana o cualquier otro día, pueda ver sus sonrisas por la calle, cuando nos veamos y nos saludemos mutuamente.

Reflexiones, Textos para orar

Eucaristía y servicio

Hoy, Jueves Santo, celebramos el día de la Cena del Señor, el día de la Eucaristía… como nos la recuerda San Pablo en la carta a los Corintios (1 Cor 11, 23-26). Y en cambio, el Evangelio no dice nada del Pan ni del Vino, aunque… es la otra cara de la misma moneda.

Jesús dice: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis»(Jn 13, 12-15).

Quien comulga, se compromete a seguir a Jesús y Él, en este gesto de lavar los pies a sus discípulos, nos refleja su vida de servicio. La verdadera Eucaristía, el verdadero acto de participar de la comunión, se debe reflejar en el servicio mutuo, no sólo a los demás.

El servir a los demás y no dejar que me sirvan, no reconocer que también tengo necesidades, no vivir el verdadero amor que es mutuo, termina siendo un servicio desde el egoísmo, desde el sentirme más. En cambio, Jesús siendo el Maestro, sirvió desde la humildad y el verdadero amor, amor sin límites.

Señor, gracias por estar presente en nosotros con la Eucaristía y por recordarnos el compromiso que esto implica, por recordarnos el verdadero servicio mutuo, el servicio desde el amor, el servicio con humildad.

Reflexiones, Textos para orar

Creo en Ti

Reconozco que en momentos es difícil hablar de la fe, especialmente cuando estás con gente que no cree y te pide que les demuestres lo indemostrable. Para los creyentes en momentos vemos la presencia de Jesús en nuestra vida pero, no lo vemos físicamente, no le podemos tocar ni hablar con Él cara a cara -desde el punto de vista literal, no metafórico- que es lo que piden otras personas.

Algo así le pedían los judíos a Jesús: «No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?»(Jn 8, 57).

En situaciones similares, personalmente no discuto. Simplemente digo que creo y que me da sentido a mi vida, aunque eso, en muchos casos no lo tengo ni que decir, por lo menos, con gente que me conoce y sabe que soy Hermana y -de un modo más concreto- formo parte de la Familia Hijas de la Cruz.

Me viene a la mente una canción de Salomé Arricibita que, simplemente, comparte que cree.