Reflexiones, Textos para orar

¡Señor Mío y Dios Mío!

En momentos me siento identificada a los discípulos, ante situaciones en las que me «encierro» a causa del miedo al qué dirán, qué pensarán… y tantos otros «qués» que reconozco que no tienen sentido, pues lo único que consigo es dañarme a mí misma, paralizarme, no realizarme como persona, como mujer, como cristiana.

También ocurre que Jesús quiere romper las fronteras, y quiere seguir entrando en mi vida de modos diversos, que no lo puedo-ni quiero- evitar, a pesar que suele ser cuando más cuesta reconocerle. Pero al final, cuando soy consciente de ese encuentro, siento su paz y me impulsa a salir, que es lo contrario de encerrarme; a ser libre, a vivir el proyecto por el que yo opté, mi compromiso cristiano; a vivir este envío desde mi ser allá donde esté, donde estoy.

Al final, Él es el que gana. Y en medio de los momentos de bajones, de desánimo, de dudas… a pesar de todo, me uno a las palabras de Tomás: «¡Señor Mío y Dios Mío!» (Jn 20, 28)

Reflexiones, Textos para orar

Creo en Ti

Reconozco que en momentos es difícil hablar de la fe, especialmente cuando estás con gente que no cree y te pide que les demuestres lo indemostrable. Para los creyentes en momentos vemos la presencia de Jesús en nuestra vida pero, no lo vemos físicamente, no le podemos tocar ni hablar con Él cara a cara -desde el punto de vista literal, no metafórico- que es lo que piden otras personas.

Algo así le pedían los judíos a Jesús: «No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?»(Jn 8, 57).

En situaciones similares, personalmente no discuto. Simplemente digo que creo y que me da sentido a mi vida, aunque eso, en muchos casos no lo tengo ni que decir, por lo menos, con gente que me conoce y sabe que soy Hermana y -de un modo más concreto- formo parte de la Familia Hijas de la Cruz.

Me viene a la mente una canción de Salomé Arricibita que, simplemente, comparte que cree.

Textos para orar

Quieres y puedes… quiero y puedo

Jesús,
sé que quieres y puedes limpiarme…
de mis momentos vencidos por la pereza,
de egoísmo, de desazón…
De los días pesimistas
en los que me pesa la tristeza;
De los días de angustia,
de miedo, de soledad…

Sé que quieres y puedes limpiarme.
Sólo me tengo que acercar a Ti
y sin decirte yo nada,
me extiendes tu mano, me tocas
y me dices: «Quiero, quedas limpia».

Tu compasión recibida me impulsa a moverme,
a caminar de nuevo
pregonando tu Palabra como quiero y puedo:
«contagiando» tu amor a los demás.