Reflexiones, Textos para orar

Tu Paz

«Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa.» (Lc 10, 5)

Esa es la clave para tener un verdadero encuentro con otra persona: compartir esa paz… que no se dice con la boca, sino que se expresa en la mirada.

Esa mirada natural -no forzada-, con sentimientos -no fría-, con interés por la persona a quien mira -con empatía-, con actitud de escucha…

Esa mirada natural que en momentos, rompe las fronteras de los modos de expresarse -no sólo los idiomas- y, a pesar de no entenderse, busca todos los medios de comprender al otro, de comprenderse entre ellos.

Esa mirada natural que rompe las «máscaras de protección» creadas con el tiempo -a veces, por situaciones difíciles- y nos libera por dentro.

Esa mirada natural que, aunque cueste mantenerla largo tiempo cara a cara, y casi automáticamente, de vez en cuando se desvíe, sabemos que sigue y que es un modo de llevar la Paz a esa persona, a esa casa.

Esa mirada natural -que sale de dentro-, esa paz… que no tiene palabras…

Señor, deseo que sepamos llevar y compartir tu Paz.

Textos para orar

¡Cuántas veces me dices…!

¡Cuántas veces me dices:
«Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa»!

Cada vez que me paralizo
al no aceptarme como soy,
al no aceptar mi «imperfección»,
mi fragilidad,
mi condición humana…
Cada vez que las dificultades me superan,
y me cuesta reconocerlo
o no me dejo ayudar…
En momentos que
ni yo misma sé ponerlos nombre…
ahí vas Tú de modos muy diferentes
me haces llegar a mí
tu amor, tu confianza,
tu misericordia…

Eso me anima a levantarme
llevando mi camilla,
mi historia, mi modo de ser,
reconociendo mi debilidad,
mi capacidad,
los gestos de amor compartido.

Y me dices que me vaya a mi casa.
¿A dónde tengo que ir?
¿Cuál es mi casa?
Donde estén los pequeños y los pobres,
los pobres de hoy,
con las diferentes pobrezas…

¡Cuántas veces me lo recuerdas, Señor!
Con tu ayuda quiero llevar a casa tu Palabra.

Reflexiones, Textos para orar

Miedo y envío

Miedo y envío. Esas son las dos palabras -casi contradictorias- que me han venido al leer el Evangelio en este día de Pentecostés (Jn 20, 19-23).

«Estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos». El miedo que muchas veces paraliza, como les ocurrió a ellos, y les hizo encerrarse, no salir. No me puedo imaginar todos los pensamientos que tendrían pero, lo que sí creo es que por lo menos la mayoría no serían nada agradables. Y a veces, ese miedo llega a encerrar de tal manera, de no querer ver ni escuchar, para intentar evadirse de esa situación que cuesta afrontar.

En este momento nada agradable Jesús, se puso en medio de ellos y, sin tener tiempo para reaccionar les dijo: «Paz a vosotros». Esa paz que da aliento, esperanza, alegría. Esa paz que en situaciones duras da coraje. Esa paz que nos recuerda que no estamos solos, que Él está presente en nosotros, en nuestro día a día con el Espíritu.

Y el Espíritu nos mueve, nos empuja, nos impulsa a responder ese envío allá dónde estemos o seamos llamados a estar, a amar, a compartir la vida, a ser nosotros mismos con su fuerza.

Esto no quiere decir que no tengamos miedo, sino que el Espíritu nos mueve -si nosotros nos dejamos- a pesar del miedo, nos ayuda a afrontarlo.

Gracias, Señor, por confiar en nosotros, y enviarnos a contagiar tu amor -a pesar de nuestra fragilidad- estando siempre con la compañía y ayuda de tu Espíritu.

Textos para orar

Tú sabes que te quiero

Sí, Señor, Tú sabes que te quiero.
Me amas como soy.
El amor que recibí y sigo recibiendo de Ti,
penetró y sigue penetrando en mi vida.
¡No lo puedo -ni lo quiero- evitar!
Y así… ¿cómo no quererte?
¡En este amor recíproco
que no tiene ni explicaciones!
¡En ese amor recíproco que me ganas!

Sí, Señor, Tú sabes que te quiero.
Me conoces por fuera y por dentro
más que yo misma…
Me transmites confianza.
Tengo un impulso que me mueve…
me acerca hacia Ti…
Me guías, me orientas dándome libertad
si seguir o no tu enseñanza.

Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te quiero.
Eres quien da sentido a mi vida.
El encuentro contigo es el comienzo del día.
Mi compromiso en cada jornada es hacer viva tu Palabra.
Y por la noche te doy las gracias porque, sin Ti no soy nada,
pues Tú eres mi aliento, mi fuerza, mi esperanza.

Te sigo, Señor,
quiero responder a tu llamada,
con tropezones y caídas,
pero siempre con tu presencia
que me ayuda a retomar tu camino.

Reflexiones, Textos para orar

¡Señor Mío y Dios Mío!

En momentos me siento identificada a los discípulos, ante situaciones en las que me «encierro» a causa del miedo al qué dirán, qué pensarán… y tantos otros «qués» que reconozco que no tienen sentido, pues lo único que consigo es dañarme a mí misma, paralizarme, no realizarme como persona, como mujer, como cristiana.

También ocurre que Jesús quiere romper las fronteras, y quiere seguir entrando en mi vida de modos diversos, que no lo puedo-ni quiero- evitar, a pesar que suele ser cuando más cuesta reconocerle. Pero al final, cuando soy consciente de ese encuentro, siento su paz y me impulsa a salir, que es lo contrario de encerrarme; a ser libre, a vivir el proyecto por el que yo opté, mi compromiso cristiano; a vivir este envío desde mi ser allá donde esté, donde estoy.

Al final, Él es el que gana. Y en medio de los momentos de bajones, de desánimo, de dudas… a pesar de todo, me uno a las palabras de Tomás: «¡Señor Mío y Dios Mío!» (Jn 20, 28)

Textos para orar

Me levanto

«Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa.» (Mc 2, 11)

Me dices que me levante…
cada vez que me dejo llevar por el miedo, la pereza, el cansancio…
aveces hasta llegando a justificarme para seguir tumbada,
para no superar esos momentos que me paralizan.
Pero al final, tu Palabra me cuestiona, me inquieta,
me mueve por dentro
y me impulsa a levantarme cogiendo la camilla.

Mi camilla que,
siendo el lugar donde me he «paralizado»,
puede ser también mi lugar de descanso que,
estando el tiempo necesario – ni más ni menos –
es saludable.
Mi camilla donde he vivido pesadillas y sueños,
tensión y descanso sano.
Mi camilla donde sé que voy a volver a estar de modos diferentes
pero, sin olvidar que me voy a seguir levantando,
-a veces con la necesidad de Tu ayuda-
y voy a seguir cogiéndola para ir a mi casa.

¿Y cuál es mi casa?
Mi casa es donde estás Tú,
donde los pequeños y los pobres:
donde hay gente enferma, deficiente,
marginada, humillada;
que sufre soledad;
que necesita ser escuchada, acogida, amada.

Así que, tras tus palabra ¿qué hacer?
Sólo me viene una respuesta:
levantarme,
coger bien la camilla -aunque no sé si inmediatamente-
y salir para ir a mi casa, a vista de todos.