«No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.» (Mt 7, 21)
Esta frase me trae un recuerdo de hace unos catorce años. Estando reunida con más Hijas de la Cruz, nos dieron como un esquema para hacer un proyecto personal, pues toda vida es un proyecto -escrito o solo en nuestra mente-, pero siempre la enfocamos con un objetivo, con un deseo.
No es que fuese algo nuevo escribir un proyecto, sino que lo nuevo era el esquema pues, hasta nos proponía poner al principio una foto o dibujo que reflejase nuestro objetivo, espiritualidad, algo que nos pareciese importante en nuestra vida. A veces una imagen queda corta para reflejar muchas cosas, aunque en otros casos, como decimos: «una imagen vale más que mil palabras».
Para elegirla recurrí a las de Fano y la que elegí justo refleja este texto: un hombre rezando -parece que chillando- con el rostro hacia el cielo y Dios con un pobre en sus brazos, pidiendo silencio al que reza y diciéndole que está aquí abajo.
Ese rezo hacia el cielo que sólo queda ahí y no se plasma en la vida cotidiana, no es una verdadera oración. Queda sólo en algo vocal, sin sentimiento, sin vida.
La verdadera oración lleva a un modo de vivir. Si rezamos a Dios que es Amor, ese encuentro con Él nos tiene que llevar a concretar ese amor con la gente que nos encontramos por el camino, con la que vemos que tiene necesidad, con la que vivimos, con la que nos rodea. La vida de ellos no puede sernos indiferente, si tenemos un verdadero encuentro con el Padre.
Gracias, Señor, por enseñarme lo que es una verdadera oración, a lo que lleva, a lo que compromete, para así saber si estoy siendo sincera con este encuentro contigo.