En la Palabra, está reflejado Dios y también nosotros. Y el texto de… hoy me hace centrarme más en mi reacción o/y actitud, que en la de Él pues, está bien claro que tiene preparado el banquete e insiste a invitarme, a invitarnos.

En esa invitación que me da cada día, cada momento, ahora mismo: ¿cuál es mi reacción? ¿Busco escusas sin sentido para no participar? ¿Me vence el desánimo, cansancio resultándome un grande esfuerzo ir a la boda, a pesar de ser un encuentro de alegría y fiesta? ¿Soy consciente de las veces que insiste en invitarme? ¿Pongo interés en que me invite? ¿Quiero que me invite? ¿Me reconozco dentro de esos «malos y buenos», o sea, no «perfectos»?
En medio del ruido de cada día, busco un momento que me ayude a estar más atenta a tu llamada y a sincerarme cómo es mi respuesta ante tu convite aquí y ahora.
Gracias, Señor, por seguir insistiendo en llamarme cada día a acercarme a tu Reino de los Cielos, por seguir invitándome a la boda, a un encuentro alegre contigo, a una fiesta compartida









