Reflexiones, Textos para orar

Amando hasta el extremo

Al leer la frase de: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13, 34) me han venido a la mente otros textos del Evangelio que reflejan su amor sin límite, reflejan lo que es el verdadero amor.

Después he recordado el título de una canción: Amando hasta el extremo de Maite López.

Me vienen personas que dieron ese amor hasta el extremo ayudando y defendiendo a la gente, arriesgando su propia vida: unas más conocidas como San Oscar Romero, otras menos como Beata María Laura Mainetti.

No siempre ese amor tiene que terminar con una muerte violenta. ¡Cuántas anónimas hay que dedican su vida a la gente carente de comida, de ropa, de escucha, de cariño… de amor reflejado en gestos concretos!

Contemplo este mandamiento que se ha hecho vida en gente concreta que conozco -aunque eso no suele ser noticia en los telediarios ni noticieros- y se seguirá haciendo en otras personas desconocidas para mí.

También me pregunto si ese amor le vivo desde dentro, desde la espontaneidad, desde mis entrañas.

Señor, deseo que tu Palabra se haga vida en mí cada día, que tu amor le refleje en mi jornada cotidiana. Que con tu gracia ame como dice Maite en su canción: «entregando mis entrañas, mis entrañas de mujer».

Textos para orar

Tú sabes que te quiero

Sí, Señor, Tú sabes que te quiero.
Me amas como soy.
El amor que recibí y sigo recibiendo de Ti,
penetró y sigue penetrando en mi vida.
¡No lo puedo -ni lo quiero- evitar!
Y así… ¿cómo no quererte?
¡En este amor recíproco
que no tiene ni explicaciones!
¡En ese amor recíproco que me ganas!

Sí, Señor, Tú sabes que te quiero.
Me conoces por fuera y por dentro
más que yo misma…
Me transmites confianza.
Tengo un impulso que me mueve…
me acerca hacia Ti…
Me guías, me orientas dándome libertad
si seguir o no tu enseñanza.

Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te quiero.
Eres quien da sentido a mi vida.
El encuentro contigo es el comienzo del día.
Mi compromiso en cada jornada es hacer viva tu Palabra.
Y por la noche te doy las gracias porque, sin Ti no soy nada,
pues Tú eres mi aliento, mi fuerza, mi esperanza.

Te sigo, Señor,
quiero responder a tu llamada,
con tropezones y caídas,
pero siempre con tu presencia
que me ayuda a retomar tu camino.

Reflexiones, Textos para orar

¡Señor Mío y Dios Mío!

En momentos me siento identificada a los discípulos, ante situaciones en las que me «encierro» a causa del miedo al qué dirán, qué pensarán… y tantos otros «qués» que reconozco que no tienen sentido, pues lo único que consigo es dañarme a mí misma, paralizarme, no realizarme como persona, como mujer, como cristiana.

También ocurre que Jesús quiere romper las fronteras, y quiere seguir entrando en mi vida de modos diversos, que no lo puedo-ni quiero- evitar, a pesar que suele ser cuando más cuesta reconocerle. Pero al final, cuando soy consciente de ese encuentro, siento su paz y me impulsa a salir, que es lo contrario de encerrarme; a ser libre, a vivir el proyecto por el que yo opté, mi compromiso cristiano; a vivir este envío desde mi ser allá donde esté, donde estoy.

Al final, Él es el que gana. Y en medio de los momentos de bajones, de desánimo, de dudas… a pesar de todo, me uno a las palabras de Tomás: «¡Señor Mío y Dios Mío!» (Jn 20, 28)

Reflexiones

En la oscuridad de aquel sábado…

Al comenzar el día, en la oración personal, he intentado acercarme al silencio de María, ante el duelo de la muerte violenta de Jesús. Personalmente mi silencio era exterior, pero interiormente me venían situaciones, momentos de dolor, de impotencia, de responsabilidad…

Después, en mis manos ha caído un artículo en espiritualidad ignaciana y me he sentido identificada con esas «ausencias» de Dios a las que se refiere, que en momentos siento, sabiendo que está presente y con esa sugerencia de: Si el Viernes Santo intentamos acompañar a Cristo en su dolor, ¿por qué no acompañar hoy, aunque solo sea por un momento, a aquellos hermanos nuestros, en la oscuridad de aquel sábado?

En realidad, ya tenía programado en encuentro con jóvenes, niños y niñas en un merendero aunque, más que para merendar, para comer. Cada uno con su historia… con sus familias destrozadas, con violencia, humillación… carencia de un hogar digno… droga… Hoy mismo estaba la policía vigilando una casa y decían que estaba desde anoche.

Con algunos de ellos, ha habido un encuentro informal, un diálogo, un primer contacto… Después de estar un buen rato hablando, compartiendo experiencias alegres, de humor, de esperanza, hemos preparado la comida sencilla del primer día. Hoy ha sido la primera vez que se ha hecho la comida este año de este modo, como «comienzo de curso», pues llevan años acogiéndoles y, casi todos los que participan ayudando en este proyecto, les conocen. Yo he sido la nueva en este tipo de encuentro con ellos. ¡Han ido algo más de 60!

Ahora me pregunto: en medio de esa «ausencia» de Dios, que algunos de estos jóvenes, niños y niñas pueden estar viviendo -creo que hasta de modo inconsciente, pues no han conocido otra cosa-, ¿no les hemos acompañado en medio del dolor que viven por sus difíciles situaciones? ¿No les hemos dado algo de claridad -lo contrario de la oscuridad-, con el Amor de Dios compartido y expresado con la acogida, la conversación, la comida…?

Después de lo vivido, me quedo contemplando a Cristo en su dolor, poniéndole el rostro de personas de hoy y, deseando que mañana o cualquier otro día, pueda ver sus sonrisas por la calle, cuando nos veamos y nos saludemos mutuamente.

Textos para orar

Jesús en la Cruz

La verdad que verte en la Cruz me cuesta.
Ver tu cuerpo ensangrentado,
colgado en una altura que me supera
con dificultad de ver tu rostro
y lo poco que veo, expresa dolor…

Me cuesta mirarte fijamente…
Una vida entregada a los demás
que termina siendo abandonada,
que nadie tuvo el coraje de defenderte y que,
seguramente, si hubiera estado yo allí presente
habría reaccionado igual,
me habría escapado.

Tu rostro está dolorido.
Me siento culpable… me siento culpable e impotente.

A la vez, me vienen personas a mi mente:
las perseguidas por hacer el bien…
las que sufren la violencia, la guerra…
las maltratadas, abusadas, humilladas…
las que carecen de alimento para seguir viviendo…
y tantas que hay crucificadas y están abandonadas,
sin gente que les ayude.

Reconozco que la distancia física y el no saberlo
me puede justificar que no las auxilie pero…
¿cómo actuaría yo en diferentes situaciones delante de ellas?

Vuelvo a mirarte y te veo con más nitidez
Me pones una mirada de misericordia
y me impulsas a seguir amando
a pesar de mi fragilidad.

Gracias, Jesús, por tu amor sin límite.

Reflexiones, Textos para orar

Eucaristía y servicio

Hoy, Jueves Santo, celebramos el día de la Cena del Señor, el día de la Eucaristía… como nos la recuerda San Pablo en la carta a los Corintios (1 Cor 11, 23-26). Y en cambio, el Evangelio no dice nada del Pan ni del Vino, aunque… es la otra cara de la misma moneda.

Jesús dice: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis»(Jn 13, 12-15).

Quien comulga, se compromete a seguir a Jesús y Él, en este gesto de lavar los pies a sus discípulos, nos refleja su vida de servicio. La verdadera Eucaristía, el verdadero acto de participar de la comunión, se debe reflejar en el servicio mutuo, no sólo a los demás.

El servir a los demás y no dejar que me sirvan, no reconocer que también tengo necesidades, no vivir el verdadero amor que es mutuo, termina siendo un servicio desde el egoísmo, desde el sentirme más. En cambio, Jesús siendo el Maestro, sirvió desde la humildad y el verdadero amor, amor sin límites.

Señor, gracias por estar presente en nosotros con la Eucaristía y por recordarnos el compromiso que esto implica, por recordarnos el verdadero servicio mutuo, el servicio desde el amor, el servicio con humildad.

Reflexiones, Textos para orar

Creo en Ti

Reconozco que en momentos es difícil hablar de la fe, especialmente cuando estás con gente que no cree y te pide que les demuestres lo indemostrable. Para los creyentes en momentos vemos la presencia de Jesús en nuestra vida pero, no lo vemos físicamente, no le podemos tocar ni hablar con Él cara a cara -desde el punto de vista literal, no metafórico- que es lo que piden otras personas.

Algo así le pedían los judíos a Jesús: «No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?»(Jn 8, 57).

En situaciones similares, personalmente no discuto. Simplemente digo que creo y que me da sentido a mi vida, aunque eso, en muchos casos no lo tengo ni que decir, por lo menos, con gente que me conoce y sabe que soy Hermana y -de un modo más concreto- formo parte de la Familia Hijas de la Cruz.

Me viene a la mente una canción de Salomé Arricibita que, simplemente, comparte que cree.

Reflexiones, Textos para orar

¿Quién eres tú?

«¿Quién eres tú?» (Jn 8, 25).

Lo cierto es que, muchas veces ante esta pregunta respondemos con nuestra profesión, con nuestro trabajo, con lo que hacemos y, posiblemente, añadimos nuestras cualidades, gustos, etc.

La otra opción es decir el nombre o/y hija o hijo de… y ¿cómo explicar que es -soy si responde el mismo Jesús- Hijo del Padre o sea de Dios, en un ambiente en el que esto es nuevo? Y trayéndolo a la actualidad: ¿cómo explicas o explico a gente adulta que nunca a escuchado hablar de Jesús, que Él es Hijo de Dios?

Yo ni sé cómo decirlo ante gente adulta que ya ha escuchado hablar de Él, pero que no llega a creerlo y es que, la fe en momentos siento que no es explicable -por lo menos, no todo-. Hay ciertas cosas que para mí son inexplicables; hay que vivirlas. ¿Cómo expresar lo que se siente cuando una persona está enamorada, cuando se siente atraída por algo o alguien, cuando ama a alguien? ¿No se tiene en momentos la sensación de no poderlo expresar, de quedarse muy limitada a la hora de poner palabras a los sentimientos, a las sensaciones, a la experiencia? Por lo menos a mí me ocurre eso.

De todos modos, en medio de esas limitaciones, algunos se animan a participar, la Palabra va penetrando y el encuentro personal con Él hace que la fe crezca, hace que terminen creyendo. Como el mismo Evangelio dice: muchos creyeron en él (Jn 20, 30).

Gracias, Señor, por tus Palabras, por los encuentros contigo y por haberme dado el don de la fe -a pesar de lo difícil que es expresarlo- pues gracias a ella, mi vida tiene sentido.