«No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano» (Lc 6, 43).
Es cierto. Y yo añado que algún fruto se puede poner malo, pero solo alguno, lo mismo que la gente buena, la que «de su corazón sale el bien», no es perfecta.
La otra imagen que me gusta es la de «los cimientos sobre roca» (Lc 6, 48).

¿Dónde he puesto yo mis cimientos? Para mí, la roca donde he puesto mis cimientos es la fe. La fe en Dios da sentido a mi vida; mi día a día depende de la fe: el comienzo del día, mis compromisos, el modo de relacionarme con la gente.
Es cierto que en el texto pone que está sobre la roca pero, a la vez siento que esa roca, que esa fe, la tengo que ir ahondando. Si los cimientos los pongo solo en la superficie de la roca, sin «profundizarla» nada, no se protegerá de las ráfagas de viento fuerte pueden «despegarlos», moverlos de la roca. Si mi fe fuese superficial, a la primera dificultad de la vida, hubiera «tirado la toalla».
La vida bien «incrustada» en una fe profunda, supera las dificultades -no se libra de ellas-, las enfermedades, los fracasos, los duelos…
Gracias, Señor, por ser Tú mi roca, donde he puesto los cimientos de mi vida, sabiendo que así dará casi todos los frutos sanos.








