«Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.»
(Mt 8, 19)
«Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.»
(Mt 8, 19)

Te voy a tocar tu manto, cada vez que me desangroā¦
por heridas que a veces yo misma me hago.

Me hago heridas cada vez que no asumo mi fragilidad, mis imperfecciones,
mis limitaciones, mis fracasosā¦
Me hago heridas al minusvalorarme, al compararmeā¦
al no aceptarme tal como soy.
Al no aceptar los momentos de incertidumbre,
las preguntas sin respuestaā¦
Te voy a tocar tu manto, cada vez que el dĆa se me hace pesadoā¦
a veces sin saber por quƩ.
Pero reconozco que, en momentos,
no tengo ni fuerzas para acercarme
al dejarme llevar por el miedo excesivo, desequilibrado, paralizanteā¦
al dejarme desanimar.
En el tiempo de desaliento, tĆŗ vienes y me coges de la mano,
me hablas, me das el soplo que me falta para levantarme,
el alimento de tu Palabra que me mueve para seguir tus pasos.
Gracias, SeƱor, por darme la gracia de sentir tu presencia,
-especialmente cuando mƔs lo necesito-
en este camino comenzado.
Cuando leemos el texto del centurión, lo primero que llama la atención es la fe y el valor que le da a la Palabra de Jesús: «Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedarÔ sano».
En cambio, hoy que nos comparten otros dos momentos (Mt 8, 5-17), me he quedado con la proximidad.

Esa proximidad que se consigue desplazƔndose al lugar donde estƔ la persona que le necesita, aunque en este momento no fue necesario, pero estuvo disponible para hacerlo.
Otro modo que es, estando ya cerca fĆsicamente, se aproxima mĆ”s tendiĆ©ndole la mano, no se aproxima sólo fĆsicamente, sino tambiĆ©n afectivamente.
Al anochecer, también le llevaron muchos endemoniados, dejó que la gente se aproximara a él y no la rechazó, sino lo contrario, los acogió y les «sanó» con su palabra.
Es esa proximidad mutua que seguimos viviendo. Ćl estĆ” siempre con nosotros, aunque somos mĆ”s conscientes cuando le llamamos allĆ” donde estemos, donde necesitemos su Ā«presenciaĀ», donde escuchemos su Palabra, donde sintamos que nos tiende su mano; o cuando nos acercamos al Templo, a la EucaristĆa, a los sacramentos.
Gracias, SeƱor, por tu proximidad, por tu afecto con cada uno de nosotros, por tu acogida, por tu palabra que sana.
Hay fotografĆas que las he visto tantas veces o son tan significativas, que no necesito tenerlas fĆsicamente ni verlas desde el ordenador, para recordarlas.
Digo esto porque me he quedado con las últimas frases del Evangelio de hoy, que celebramos la fiesta de la Natividad de San Juan Bautista: «La mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo, y su carÔcter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.» (Lc 1, 66.80)

Y esto mismo lo he traĆdo a mi vida. Me ha venido el recuerdo de cuando era pequeƱa y en diferentes momentos de mi vida, especialmente de la etapa de crecimiento. He recordado los momentos que veo con mĆ”s claridad la presencia de Dios -sabiendo que ha estado, estĆ” y estarĆ” siempre-, y cuando tomĆ© la decisión de optar por la vida religiosa, lo mismo que otras personas toman otras opciones que van a marcar su vida.
Recuerdo mi crecimiento no sólo fĆsico, sino tambiĆ©n humano y en la fe. Un crecimiento que no termina hasta el Ćŗltimo dĆa, aunque a veces tenga la sensación que ya he llegado al lĆmite, que ya no puedo crecer mĆ”s.
Esto mismo me ha hecho recordar a otras personas que conozco desde hace muchos aƱos, ver la mano de Dios en sus vidas, ver el crecimiento en cada una de ellas.
Gracias, SeƱor, por tu presencia en nuestras vidas, por estar siempre con nosotros, por ayudarnos a crecer y asĆ, poderte responder cada dĆa con mĆ”s fidelidad.
Ā«Tratad a los demĆ”s como querĆ©is que ellos os tratenĀ» (Mt 7, 12)… no necesita explicación. Y me parece bien, me parece justo, pues no debo ser yo una excepción, exigiendo que me traten bien, cuando yo humillo a los demĆ”s.

TambiĆ©n es cierto que, sin llegar a ese extremo ni querer maltratar a nadie, dependiendo con quĆ© persona estĆ©, o la situación que viva yo en ese momento… ese compromiso es como Ā«pasar por la puerta estrecha o el angosto caminoĀ» (Mt 7, 13).
Si en algĆŗn momento me he sentido dolida por alguien, me cuesta mĆ”s tener una relación fraterna con esa persona, pero puedo llegar a tratarla con respeto, que es lo mĆnimo que pido a la gente con la que me cruzo cada dĆa.
Creo que el perdón ayuda a pasar por la puerta estrecha. A esto también le debo añadir la humildad, al reconocer que en algún momento -aunque haya sido puntual- no he tratado bien a alguien y la misericordia recibida personalmente.
Hay otro tipo de dificultades que hacen angosto el camino, pero su presencia en medio de nosotros, nos ayuda a seguir su camino.
Gracias, SeƱor, por tu enseƱanza y tus consejos para seguir el camino correcto.
«¿Pero quiĆ©n es Ć©ste?Ā» (Mc 4, 40)⦠Eso dijeron los discĆpulos de JesĆŗs. TodavĆa no tenĆan claro con quiĆ©n estaban, a pesar de llamarle Maestro.
Eso mismo yo hubiese dicho en algĆŗn otro momento de mi vida.
Actualmente, podrÔ ser poca la fe que tengo, pero la suficiente para reconocer que Jesús no era -ni es- un maestro cualquiera. Reconocer que se hace presente en mi vida y aunque no sea totalmente consciente de eso, en momentos puntuales, acontecimientos concretos, soy mÔs consciente de su presencia.

Tengo momentos de cobardĆa, de miedo; momentos que me cuesta mĆ”s hallar su presencia pero, aunque no lo sienta, sĆ© que estĆ”.
Recuerdo otros en los que le sentà con mÔs facilidad y me animan en los momentos de fragilidad.
Maestro, quiero ir a la otra orilla contigo, siendo consciente que en el camino va a haber fuertes huracanes, pero tambiƩn momentos de gran calma. Tu Palabra acallarƔ mis miedos. Tu presencia -aunque sea dormido- en popa, detrƔs, me empujarƔ a seguir tu camino con los demƔs.
Hay frases que, a primera vista impresionan porque Āæcómo no voy a estar agobiada o preocupada pensando en quĆ© voy a comer o quĆ© me voy a vestir, si me puedo morir por hambre y por frĆo? Es verdad que el mismo agobio no va a resolver el problema y a veces ese sentimiento es tan extremo, que bloquea a la persona y la paraliza, sin poder resolver la situación.

A la vez me viene a la mente CÔritas. Justo ahà lo que hacemos es eso: dar ropa y comida a la gente que no tiene. No es agradable tener que pedir pero, es vivir con esa confianza de que ante la necesidad de esas cosas elementales, alguna ayuda conseguiré.
TambiĆ©n dice: Ā«No os agobiĆ©is por el maƱana, porque el maƱana traerĆ” su propio agobio. A cada dĆa le bastan sus disgustosĀ» (Mt 6, 34). AquĆ habla del Ā«maƱanaĀ», y creo que podemos caer en pensar tanto en el futuro, que nos olvidamos vivir el presente. Es cierto que hay cosas que se tienen que preparar con tiempo. Decisiones que tomemos hoy, pueden marcar nuestro futuro. Pero ese guardar excesivo Ā«por si acaso…Ā», nos puede convertir en egocĆ©ntricos y llegar a convertirse en otro agobio u obsesión.
La clave estÔ en: «Buscad el reino de Dios y su justicia; lo demÔs se os darÔ por añadidura».
Buscad el reino de Dios que nos lleva a amar y dejarnos amar, y eso nos lleva a compartir, a luchar por la justicia de la gente desfavorecida, de la gente marginada. Ahora que puedo, miro la situación de los demÔs y me abro a ello, me abro a ayudar en la medida de mis posibilidades. Después, cuando yo tenga una necesidad, habrÔ gente que me ayude.
Gracias, SeƱor, por enseƱarnos a vivir el presente y abrirnos al reino de Dios y su justicia, por abrirnos a tu reino de amor.
Al leer esta oración que JesĆŗs nos enseñó (Mt 6, 9-13) y que tantas veces rezamos, me ha venido la pregunta de, si la fuese a orar mĆ”s corta, quĆ© frases elegirĆa pues, Ćŗltimamente, cuando voy a orar, me quedo con muy pocas palabras, por lo general, con una frase. AsĆ, me centro mĆ”s en ella, me toca mĆ”s adentro, me llama.

En este caso, me ha costado optar por una o dos frases pero, al final me he quedado con Ā«hĆ”gase tu voluntadĀ». Y si digo y repito esa frase, es para que se haga tambiĆ©n en mi vida, aunque a la vez reconozco que en momentos me desvĆo de ese camino.
En ese Ā«hĆ”gase tu voluntadĀ» estĆ” el pan, porque no quiere que la gente pase hambre. EstĆ” el perdón, pues Ćl es misericordioso y nos lo enseƱa con su ejemplo. EstĆ” la gracia para no dejarnos hundir por nuestras tendencias no correctas y darnos la mano para ayudarnos a levantar, cada vez que nos caemos. Si hacemos su voluntad, estamos santificando su nombre y haciendo mĆ”s palpable su reino.
Por este motivo te pido, SeƱor, la gracia, la fuerza, el impulso para hacer tu voluntad y desde ahĆ, vivir la oración que tĆŗ nos enseƱaste.
Algunos dicen que el matrimonio es algo que estĆ” pasado de moda. Que los tiempos no estĆ”n para emprender la aventura de casarse. Y sĆ, es una aventura, una gran aventura. O, como dice Francisco, āun viaje comprometido, a veces difĆcil, a veces complicado, pero vale la pena animarseā. Para casarse, como para emprender cualquier viaje, hay que prepararse bien. Y entender que āel matrimonio no es solo un acto āsocialā; es una vocación que nace del corazónā, como dice el Papa en el video de este mes. AnĆmate a difundir este mensaje de alegrĆa que nos recuerda que ācompartir la vida es algo hermosoā.
āĀæEs cierto eso que dicen algunos, que los jóvenes no quieren casarse, especialmente en estos tiempos tan duros?
Casarse y compartir la vida es algo hermoso.
Es un viaje comprometido, a veces difĆcil, a veces complicado, pero vale la pena animarse. Y en este viaje de toda la vida, la esposa y el esposo no estĆ”n solos; los acompaƱa JesĆŗs.
El matrimonio no es solo un acto Ā«socialĀ»; es una vocación que nace del corazón, es una decisión consciente para toda la vida que necesita una preparación especĆfica.
Por favor, no lo olviden nunca. Dios tiene un sueƱo para nosotros, el amor, y nos pide que lo hagamos nuestro.
Hagamos nuestro el amor que es el sueƱo de Dios.
Y recemos por los jóvenes que se preparan para el matrimonio con el apoyo de una comunidad cristiana: para que crezcan en el amor, que crezcan en el amor con generosidad, fidelidad y paciencia. Porque para amar hace falta mucha paciencia. Pero vale la pena, Āæeh?ā.
El Evangelio del Amor… eso es lo que nos enseƱaste.
Ā”Pero a veces es tan difĆcil! Ā”Hay que crecer tanto por dentro para poder hablar con serenidad con la persona que me ha herido!

Solo tu gracia, me puede ir curando. A veces es necesario sentirla bien cerca, palparla con los sentidos, y te haces presente por medio de otra persona, que me escucha, me respeta, me ayuda, me cuestiona, me orienta… me ayuda a cicatrizar bien la herida, de tal manera que la puedo tocar y apretar y no me duele. Entonces, a partir de ahĆ poder amar a quien me la ha hecho.
El amor sin condiciones ni lĆmites, espontĆ”neo y verdadero, deberĆa ser mi rostro y mi huella.
SeƱor, te pido que me ayudes a amar a justos e injustos.
"Mira que estoy a la puerta y llamo..." (Ap 3,20)
Jóvenes Católicos y orgullosos de ello
Evangelizar a travƩs de los medios digitales