«Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado…». (Jn 17, 1-11)
Jesús levanta los ojos al cielo, se pone en una postura que le ayude a tener esa «conexión», a ese diálogo, a ese encuentro con el Padre y sabiendo que ya poco le quedaba para ser crucificado se pone a orar.
En esta oración expresa lo que ha hecho con su vida:«Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste».
Ofrece su trabajo y su fruto, ofrece las personas a las que como él dice: «les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado».
Y ruega por ellos.
Otras palabras que me gustan de esta oración es: «todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío», pues ahí siento esa «posesión compartida» y no egoísta de ser sólo mío. También es cierto que una vida entregada por los demás, no sería «compatible» con el puro egoísmo que en momentos se respira.
Al leer esta oración, teniendo en cuenta el contexto, especialmente la pasión de Jesús, lo único que me viene es un agradecimiento por el ejemplo de su vida entregada, a pesar de las consecuencias, a pesar de tener que arriesgar su vida y terminar con una muerte violenta, como consecuencia del amor.
¡La verdad que parece contradictorio! Pero en momentos y en diferentes vidas, así ocurre.
Gracias, Señor, por tu vida entregada. Y te pido la gracia, el alimento, el impulso necesario para que, al final de mi vida, a pesar de mis fallos y debilidades, pueda presentarte con humildad signos de amor, de compartir, de entrega.