El gesto bien significativo del Jueves Santo es el lavatorio de los pies (Jn 13, 1-15) y, de modo muy especial, el diálogo de Jesús con Pedro.
Ya que Pedro no se deja lavar los pies. Según dicen, solo lavaban los pies los esclavos, gente de «menor categoría». ¡Y Jesús le quiere lavar los pies! ¡El Maestro! Eso rompe todo un esquema. Se suponía que a Él había que servirle, pero resulta que el Maestro nos sirve y nos enseña a servir; su autoridad, es servicio.

Después pasó al otro extremo; pasó a dejarse lavar no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza. Y es que por seguir a Jesús haría cualquier cosa… aunque no lo comprenda del todo. Pero Jesús le dijo que sólo necesitaba lavarse los pies.
Yo en momentos me he puesto a servir a alguien de diferente manera, dependiendo la situación de la persona: he aseado y atendido a personas enfermas, deficientes, mayores…; he escuchado a gente que necesitaba hablar, desahogarse; he ayudado o hecho algún servicio diverso, compartiendo mis capacidades y conocimientos teniendo ene cuenta las necesidades de la otra persona.
Otras veces yo he sido la que ha tenido que ser ayudada, a la que tuvieron que servir y a veces por la persona que menos pensaba.
Recuerdo cuando hace unos años, cuando me acompañó al cardiólogo no la hermana que se encargaba de la enfermería, sino la provincial, la hermana que ya tenía bastante con los temas burocráticos y problemas de diferentes comunidades de España. Pero así fue. Con todo su cariño, me acompañó.
Ese dejarme servir cuando lo necesito, me hace humilde y me enseña a servir a los demás no creyéndome más que la otra persona, sino desde el suelo, desde abajo, como han hecho conmigo cuando por diversas situaciones me han tenido que servir.
Gracias, Señor, por enseñarnos a lavarnos los pies unos a otros; por enseñarnos a servir y a dejarnos servir con cariño.







