Hay algunas personas que cuando están siguiendo una receta errada y están convencidos que va a salir bien, cuando ven que sale mal, buscan cualquier otra excusa, menos que la receta esté errada. ¡Están cerradas y convencidas que esa es la receta cierta, y no les cambia nadie!

Algo así ocurre también con la fe. Por ejemplo: las personas que tenemos fe hay momentos que en medio de la angustia o de una situación dura, nos sentimos liberadas, «aligeradas de peso», gracias a la fe, a la oración, al Espíritu que habita en nosotros. Pero hay gente que no le puedes convencer de ninguna manera lo que hemos vivido. Buscarán otras justificaciones que nos han podido «liberar», pero nunca la fe.
No niego que la psicología, que el ser escuchada y otro tipo de apoyos, no ayuden. Pero que la fe también libera, no lo puedo negar.
Y es que, algo así ocurre con algunos hombres cuando dicen sin sentido: «Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios» (Lc 11, 15). No hay modo de convencerles que Jesús libera.
En este momento, el único pensamiento que me viene es un agradecimiento.
Gracias, Señor, por las veces que me has aligerado el peso; por las veces que me has dado la gracia de poner palabras a mis sentimientos más profundos; por las veces que con las emociones -estando tú siempre presente de algún modo- me has liberado por dentro.








