Reflexiones, Textos para orar

Se quedaron asombrados

Prácticamente en el comienzo del Evangelio de Marcos (Mc 1, 21-28), nos empieza a hablar del asombro que sentía la gente ante Jesús, por dos motivos.

Primero era por su modo de enseñar: «no enseñaba como los escribas, sino con autoridad».

Teniendo en cuenta que no es una autoridad como muchas veces entendemos nosotros, o sea, una autoridad de poder, sino como lo refleja en el texto que sigue, una autoridad de servicio, de liberar a la gente, como hizo con el hombre que también estaba en la sinagoga. Y «todos se preguntaron estupefactos», o sea, estaban otra vez asombrados.

Personalmente, en un mundo en el que se respira bastante la autoridad como poder, me asombra cómo la vive Jesús. Es verdad que estamos hablando de dos épocas muy distantes en tiempo pero, creo que el defecto del poder es algo de toda la vida.

Además me meto dentro de aquel «hombre que tenía un espíritu inmundo», que puede ser cualquier persona que vive una situación interna y externa que la paraliza y la bloquea. Ante esta situación, Jesús le libera. Yo también me he sentido liberada de situaciones difíciles que me ha ayudado a sobrellevar, no a evadirme.

Gracias, Señor, por darme la capacidad de asombrarme ante tu autoridad de servicio. Gracias, por haberme sentido acogida y liberada con tu Palabra.

Reflexiones, Textos para orar

La tempestad… el miedo

Me imagino con facilidad la tempestad de Mc 4, 35-41, al haber vivido muy cerca del mar.

A la ved me imagino la «tempestad interior» que por diferentes circunstancias o situaciones hemos vivido. Y es que, cuando Jesús se puso en pie no dijo al agua «¡Párate, calma!» sino «¡Silencio, enmudece!».

Se siente muchas veces que el silencio da miedo, que se prefiere oír algo -aunque en realidad no te enteres de nada- a escuchar el silencio, a ser conscientes de la realidad aquí y ahora, de lo que hago, de lo que vivo, de lo que siento, de lo que pienso… En momentos complejos, es más fácil evadirse de la realidad con encuentros «superficiales» con otras personas, en vez estar en un clima de silencio que me ayude a afrontarlo, a ser consciente de lo que ocurre, o de hablarlo con alguien de gran confianza, hablarlo desde dentro.

Vuelvo a las mismas preguntas del Evangelio: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?»

Y es que los discípulos no sé si tenían bien claro quién era Jesús pues ellos mismos se preguntan: «¿Pero quién es este?»

Si estas cuestiones las traigo a mi vida -siglos después de tener claro que es Cristo- creo que serían: ¿Por qué tengo miedo? ¿La fe que digo tener no me está ayudando a vivir este momento? ¿O no soy consciente de la ayuda de la fe, de la ayuda Dios?

Gracias, Señor, por el silencio que has puesto en mí, especialmente en momentos de dificultad.

Mensajes del Papa, Textos para orar

La lámpara escondida… o no

Al leer el ejemplo que dijo Jesús del candil (Mc 4, 21-25), me viene a la mente la fe y el mundo actual.

Hay en lugares donde la fe se vive «individualmente», a escondidas, para que a esa personas no les tengan que decir nada nadie, al respirarse en su ambiente una crítica negativa a la Iglesia o a los creyentes. Pero aunque ellas piensen que tienen la fe: ¿hasta dónde es una fe verdadera?

La verdadera fe orienta la vida, da sentido a la vida; hace tener una actitud concreta en relación con la gente -amor, perdón, misericordia, acogida, agradecimiento, dignidad…-; hace actuar de un modo u otro ante diversas situaciones… O sea, no se puede meter la lámpara de la fe debajo de la cama. Por mucho que quiera esconderla vamos a iluminar allá por donde vivamos, trabajemos, compartamos tiempo, caminemos. Entonces: ¿para qué esconderla?

En cambio, si no llegamos a iluminar nada ¿qué fe estamos viviendo?

Personalmente ¿en qué lugar estoy? ¿Ilumino -aunque sea poco- allá donde estoy?

Reflexiones, Textos para orar

La familia de Jesús

Para Jesús su familia es algo más que la biológica, que la familia de sangre. Como pone en el diccionario, familia también es el conjunto de personas que comparten alguna condición, opinión o tendencia. Y por aquí va el concepto de familia de Jesús, pues nos dice que: El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre (Mc 3, 35). Los que «tengamos la tendencia» a reflejar el Amor de Dios en nuestra vida cotidiana formamos parte de su familia.

Para mí es una alegría poder formar parte de ella y a la vez un compromiso que, no lo hago porque me lo ordene, no lo hago como medio para formar parte de ella, sino que ese amor de Dios recibido, me impulsa a compartirlo, a «contagiarlo», formando a la vez parte de esa familia universal, que no tiene fronteras, pero que se concreta en mi comunidad, en mi parroquia, y en mi caso, también en mi congregación. Ese amor de Dios le comparto en mi contacto personal con la gente con la que me relaciono y también en proyectos comunitarios: encuentros de la Palabra, ayudas por medio de Cáritas, de Pastoral Social… Él se hace presente entre nosotros y nos anima a hacer su voluntad libremente y por amor.

Gracias, Señor, por hacerme parte de tu familia.

Mensajes del Papa, Textos para orar

Después de que Juan fue entregado…

«Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a proclamar el Evangelio» (Mc 1, 14). Entonces, me imagino que sería consciente del riesgo a que puede llevar este tipo de compromiso.

También llama a otras personas a seguirle y, dejando las redes, lo siguieron. Algo les atrajo de Jesús, para cambiar su modo de vida. Aunque a la vez me pregunto si eran conscientes de sus consecuencias.

Si seguimos leyendo el Evangelio, nos damos cuenta que tuvieron que ir cambiando la idea que tenían de Jesús, pues creían que iba a ser como un «líder político», que iba a defender y liberar a los judíos… y no como terminó, muerto en la cruz. Pero al final se fueron transformando y terminaron su vida como Jesús, entregándose y muriendo como mártires.

Se supone que todos los que nos reconocemos cristianos, debemos arriesgar nuestra vida -si fuese necesario- para ser fieles a vivir el Evangelio. Pero yo personalmente es algo que ni me lo planteo pues: ni vivo en un lugar donde haya ese riesgo, ni me veo capaz para dar esa respuesta tan radical. Y es que: ¿quién es capaz? Solo con la ayuda de Dios podemos responder hasta dando la vida de ese modo.

Por este motivo, te pido, Señor, la gracia necesaria en cada momento de nuestra vida, de mi vida, para poder responder con fidelidad a tu llamada.

Reflexiones, Textos para orar

La locura de seguirte

En las dos frases de hoy (Mc 3, 20-21), hay dos reacciones muy diferentes: la gente que le seguía a Jesús, que le quería escuchar, que no le dejaban ni comer; y la que le pensaba que estaba fuera de sí, o sea, que estaba «loco». ¡Encima esta última era su propia familia!

En realidad es que Jesús rompió bastante el modo de pensar, de interpretar leyes de su época. Y a causa de eso ¡en menudo lío se había metido! No sé si le consideraban fuera de sí por lo que decía y hacía… o por las consecuencias que podía acarrear en su vida y en la de su familia.

De repente me ha venido un recuerdo y es que, cuando decidí dar el paso de responder a mi llamada entrando en la congregación, hubo amigos no creyentes que respetaron desde un principio mi decisión. Pero hubo algunos amigos de la parroquia donde crecí, que me preguntaron por qué iba a una Congregación; me dijeron que era una locura, que podía ser una gran cristiana formando una familia y comprometiéndome a favor de los pobres por medio de Cáritas. Y es cierto; no lo puedo negar, podía tomar esa opción pero… eso no me terminaba por llenar. Escuchar a Jesús -a veces en la hora de comer, con conversaciones y testimonios de otras personas- me motivó a ser «discípula Hija de la Cruz», me motivó a ser para algunos una «loca». ¡Lo confirmo!

Como dice una canción: «Señor, yo quiero ser un loco, pero mi locura serás tú. Yo quiero ser la hoz que corte ese trigo, para convertirlo en alimento de amor.»

¿Has sentido la locura de seguirle? ¿De qué modo?

Reflexiones, Textos para orar

Acudir y reconocerle

Con este mundo tecnológico que tenemos, los mensajes llegan en cuestión de segundos a la otra punta del mundo, lo mismo que los transportes son muchos más rápidos que hace unos siglos y ante una necesidad o algo importante, se comparte o se viaja con mucha más facilidad.

Antiguamente las cosas que eran importantes para la gente, también se extendían, pero la motivación me imagino que tenía que ser bien fuerte por las distancias y dificultades de aquella época.

En Mc 3, 7-12, además de seguir a Jesús gente de Galilea, nombra también diferentes lugares de donde procedían otras personas que iban a verle. ¿Qué noticias le llegaron de Jesús para moverles de tan diferentes lugares? Y después: ¿qué verían en él para reconocerle Hijo de Dios?

Estas preguntas me llevan a otras personales y es que ¿cuál fue el motivo por el que fui a la parroquia o a algún encuentro que me marcó en mi camino de fe? ¿Qué vi, palpé, sentí, experimenté para reconocerle Hijo de Dios?

Personalmente fui a la parroquia para tener amigos, pues había una sala donde hablábamos y jugábamos. La acogida, el respeto y el amor palpado me cuestionó, me hizo ver la vida diferente, crecer en la fe y reconocer la presencia del Hijo de Dios en mi vida, reconocer su presencia.

Y tú ¿recuerdas cuál fue tu motivo? ¿Qué te ayudó a reconocerle?

Reflexiones, Textos para orar

El sábado y el hombre

La Ley del sábado en un principio era para descansar un día, -como Dios lo hizo según está escrito en el Génesis- y dedicárselo a Él. Esa ley que originalmente era un medio de humanización, terminó siendo un fin con muchas cosas prohibidas, y algunas afectaban a cosas esenciales para la vida como cocinar o arrancar semillas -como es en este caso- para poder comer, para quitar el hambre.

O como dice Jesús: ¿no actuó David de un modo similar? ¡Él hasta se apropió de comida que solo era para los sacerdotes! Y confirma: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2, 23-28).

Volviendo al hoy, a nuestra vida de parroquia me hago una pregunta pues: ¿no hemos podido caer en ese mismo fallo? ¿Hay algo que en un tiempo comenzamos a hacer como medio y ha terminado como un fin, como algo que se debe de hacer obligatoriamente? ¿Hemos llegado a deshumanizarnos?

Creo que es un buen momento para reflexionar para volver a vivir el verdadero sentido del sábado.

Textos para orar

¿Qué buscáis? ¿Qué buscas?

Cuando comenzaba la adolescencia, yo buscaba un grupo de amigos. Por medio de ellos fui a tu casa y… me quedé dentro.

En ese contacto no hubo discursos, sino acogida, amor, encuentro.

Ha pasado tiempo… años, décadas, pero tu pregunta ¿qué buscáis? me retumba; la sigo sintiendo.

Aunque ahora tengo la respuesta: te busco a ti cada momento.

Te busco en la capilla, en medio del silencio, sintiendo tu presencia, hablándome por dentro.

Te busco en la gente que viene pidiendo ayuda, acogida, ternura, dignidad… y en la que es generosa, en la que refleja tu amor con su actitud, con sus gestos.

En el paisaje, en el viento… y hasta en medio del ruido, a veces te encuentro.

¿Qué buscas? A ti te busco, Señor, y te siento a veces con más dificultad, otras con menos, pero sabiendo que tú me invitas cada día, cada momento al encuentro.

Reflexiones, Textos para orar

Sanos y enfermos

«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

Eso dice Jesús ¡y tiene toda la razón! pero… a la vez me viene a la mente una realidad. Hay gente sana que va al médico al menor síntoma normal para la gente que tenemos cierta edad. También ocurre lo contrario: personas con problemas de salud que no va al médico. Así que,creo que el primer paso es reconocer la necesidad que tengo y atreverme a acercarme, atreverme a ir.

En el texto Mc 2, 13-17, ocurre lo mismo: para ir donde Jesús, no sólo hay que ser pecador, sino reconocerlo.

Todos tenemos algo «débil», un punto flaco, un defecto que a veces nos lleva a un acto no adecuado pero, ¿nos lo reconocemos?, ¿me lo reconozco yo misma? Si no lo quiero reconocer, no siento la necesidad de tener encuentros con Jesús. Y en caso contrario, si lo reconozco voy a escucharle, a estar con él, para sentirme perdonada y acogida como soy, con mis capacidades y defectos.

También puede ser que al ir a escucharle -por curiosidad- sienta su misericordia y eso me haga reconocer mis fallos.

¿En qué situación estoy en este momento? ¿Estoy sentada en la mesa con Él?