Hoy he leído el texto de Mc 1, 40, donde pone que un leproso se acerca a Jesús. Me he fijado que no dice el nombre de la persona, sino la enfermedad, la etiqueta que le han puesto. Y es que actualmente es algo que se sigue viviendo.
Algunas personas te etiquetan por tener alguna enfermedad o deficiencia, por ser homosexual, fea, tonta, inútil… según sus criterios.

La verdad que eso duele y hasta a veces hace que camines mirando al suelo, para no ver la cara de las personas que se ríen de ti, que te humillan, que se distancian por esa etiqueta.
Lo bueno que algunos tienen el coraje de ir donde personas que se compadecen de tu situación y no se alejan, sino todo lo contrario, extienden su mano y te tocan; te integran con el «rito», celebración, acto, encuentro informal adecuado del lugar.
Después de esta experiencia, después de sentirte acogida por alguien-aunque siga habiendo gente que te excluya-, ya no es lo mismo. Ya te atreves a mirar a la gente a la cara, hablarles, no quedarte callada de tu experiencia como persona acogida, aceptada, amada.
Gracias, Jesús, por amarme tal y como soy.









