Reflexiones

En la oscuridad de aquel sábado…

Al comenzar el día, en la oración personal, he intentado acercarme al silencio de María, ante el duelo de la muerte violenta de Jesús. Personalmente mi silencio era exterior, pero interiormente me venían situaciones, momentos de dolor, de impotencia, de responsabilidad…

Después, en mis manos ha caído un artículo en espiritualidad ignaciana y me he sentido identificada con esas «ausencias» de Dios a las que se refiere, que en momentos siento, sabiendo que está presente y con esa sugerencia de: Si el Viernes Santo intentamos acompañar a Cristo en su dolor, ¿por qué no acompañar hoy, aunque solo sea por un momento, a aquellos hermanos nuestros, en la oscuridad de aquel sábado?

En realidad, ya tenía programado en encuentro con jóvenes, niños y niñas en un merendero aunque, más que para merendar, para comer. Cada uno con su historia… con sus familias destrozadas, con violencia, humillación… carencia de un hogar digno… droga… Hoy mismo estaba la policía vigilando una casa y decían que estaba desde anoche.

Con algunos de ellos, ha habido un encuentro informal, un diálogo, un primer contacto… Después de estar un buen rato hablando, compartiendo experiencias alegres, de humor, de esperanza, hemos preparado la comida sencilla del primer día. Hoy ha sido la primera vez que se ha hecho la comida este año de este modo, como «comienzo de curso», pues llevan años acogiéndoles y, casi todos los que participan ayudando en este proyecto, les conocen. Yo he sido la nueva en este tipo de encuentro con ellos. ¡Han ido algo más de 60!

Ahora me pregunto: en medio de esa «ausencia» de Dios, que algunos de estos jóvenes, niños y niñas pueden estar viviendo -creo que hasta de modo inconsciente, pues no han conocido otra cosa-, ¿no les hemos acompañado en medio del dolor que viven por sus difíciles situaciones? ¿No les hemos dado algo de claridad -lo contrario de la oscuridad-, con el Amor de Dios compartido y expresado con la acogida, la conversación, la comida…?

Después de lo vivido, me quedo contemplando a Cristo en su dolor, poniéndole el rostro de personas de hoy y, deseando que mañana o cualquier otro día, pueda ver sus sonrisas por la calle, cuando nos veamos y nos saludemos mutuamente.

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