Reflexiones, Textos para orar

La semilla de mostaza

No sé cómo es una semilla de mostaza ni de otras muchas plantas pero, aunque no la conozco, en una cosa me siento identificada y es que soy «pequeña», me siento pequeña. Mas, a pesar de mi pequeñez, si me dejo sembrar por Dios, por la Palabra, por el Espíritu que habita en mí, me puedo convertir en un grande arbusto, en una gran persona.

En Mc 4, 31-32, Jesús no habla de la cantidad de frutos, sino del tamaño de la planta, del crecer, del ser. Y que ese ser puede ayudar a «los pájaros a anidar a su sombra», puede a ayudar a otros a cobijarse, a crecer.

En medio de mi pequeñez, si me dejo alimentar por la Palabra, algo bueno va a salir. Sólo tengo que ser y lo demás irá saliendo con espontaneidad. Irá saliendo la acogida, el amor, la misericordia… Eso mismo me llevará a ciertos compromisos que terminan siendo parte de mi vida cotidiana, pues esos compromisos reflejan, en parte, mi forma de ser.

Al leer esto mismo que he escrito, mi mente se va a mi infancia y a los pasos que he ido dando hasta llegar a hoy. Me doy cuenta que he crecido aunque sé que hasta el último día de mi vida aquí, no habré terminado de «madurar».

Gracias, Señor, por sembrarme, alimentarme y cuidarme para ir creciendo poco a poco cada día.

Reflexiones, Textos para orar

La verdadera ofrenda

Si yo pongo una ofrenda (Mt 5, 23) o -lo que podría ser en los tiempos de ahora- si voy a celebrar la Eucaristía, tengo que ser consciente de mi relación con la gente.

Se supone que si me siento cristiana, ese mandamiento principal de «amar a Dios…y amar al prójimo como a ti mismo», se tiene que ver en mi trato con los demás.

Es cierto que con todas las personas no hay un mismo trato. Con algunas, se puede llegar al extremo de, como se dice popularmente: «no la trago». Pero eso no justifica a llegar al extremo de pelearme ni de insultarla, ni minusvalorarla. El respeto hay que tenerlo con toda la gente.

Y volviendo al texto del Evangelio: ¿de qué me vale participar de la Eucaristía o de cualquier otro tipo de liturgia, si después, la fe que profeso no la hago vida, todo se queda en algo superficial, en algo que no penetra ni se refleja cada día?

Señor, deseo que esa ofrenda, que esa celebración se plasme en mi vida, amando y respetando a mi prójimo. Si alguna vez no actúo de modo correcto, aunque no llegue al extremo de peleas ni insultos, recuérdame pedir perdón, y así poder celebrar con más profundidad, con más sentido la Eucaristía, la Liturgia, la oración.

Reflexiones, Textos para orar

El modo equilibrado

Sabemos la importancia de la sal y de la luz pero, últimamente me quedo en el detalle de que sea de modo equilibrado.

Si hay poca sal casi ni se nota, se echa en falta y en exceso, arruina la comida además de poder subir la presión arterial y perjudicar la salud.

A light bulb with salt pouring out of the bottom.

La luz si es muy poca casi ni ilumina y si es demasiada, deslumbra.

Ni quiero -ni debo- ocultar esa luz que tengo y que me ilumina en mi camino, como dice Mt 5, 15: «Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.

Mi pregunta es qué debo hacer para ser sal y luz, para salar e iluminar a quien me rodea del modo más equilibrado posible -no me atrevo a decir totalmente equilibrado- para alumbrar y vivir las buenas obras, y así dar gloria al Padre.

¿Qué buenas obras hago? ¿En qué buenas obras participo? ¿Cómo vivo ese compromiso? ¿Desde dónde lo vivo?

¿Cómo me relaciono con la gente en la vida cotidiana? ¿Desde dónde la miro? ¿Tengo la reacción «automática» de acogida?

Señor, te pido la gracia de ser sal y luz, del mejor modo posible, con la gente que vivo, que trabajo, que colaboro… con la gente que me cruzo en mi vida cotidiana.

Testimonios

Carta por el motivo de la beatificación — Hijas de la Cruz América Latina

Queridas familias: No podemos dejar de escribirles en este momento de alegría y de gran emoción en el que estamos viviendo. En el día de hoy hemos vivido un acontecimiento histórico que quedará guardado en nuestros corazones: la Iglesia ha declarado que CON TODA CERTEZA QUE UNA DE NOSOTROS, UNA MUJER, MAESTRA, PROFESORA, MIEMBRO DE […]

Carta por el motivo de la beatificación — Hijas de la Cruz América Latina
Textos para orar

Señor… me amas

Señor, tú me amas.
Me amas en mi totalidad.
Me amas tal y como soy.
Con mis capacidades y tendencias,
con mis dones y limitaciones.

Ante esto ¿qué voy a decir?
¿Cómo voy a reaccionar en el día a día?

Voy a decir con mis palabras y mis gestos
que soy amada y me siento amada.
Quiero gritar a los cuatro vientos lo que siento de ti,
pues no lo puedo retener.
El amor penetra y revota,
a pesar que mi revote tiene menos fuerza
y en momentos no se capta con los cinco sentidos.

La palabra «gracias» se queda corta.
Quiero agradecerte la vida que me has dado
y tu amor reflejado en el amor que me rodea,
contagiando también yo a quien se cruce en mi camino.

Reflexiones, Textos para orar

¿Qué decir a Jesús después de escucharle?

No todos los escribas que le preguntaban a Jesús, lo hacían con malas intenciones. Y al leer Mc 12, 28b-34 me veo dentro del papel de este escriba, no desde el punto de vista intelectual, sino desde la actitud de escucha y comprensión de las palabras de Jesús, haciendo después su propia reflexión: «Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.»

Entonces, me viene la pregunta de qué le diría yo a Jesús, después de haberle escuchado sus palabras.

Mi respuesta ha sido la siguiente:

Jesús, es cierto que el Señor es uno sólo; que es quien nos creó y… ¿cómo no amarle si es quien da sentido a mi vida, si siento su presencia, si siento su amor?

Ese amor al prójimo y a mí misma es también su verdadero deseo, como tú mismo -Jesús- lo reflejaste en tu vida, amando hasta entregarla, que no es despreciarla, sino responder con libertad a tu llamada, a pesar del riesgo.

Recibir y compartir tu amor, es lo que da valor a mi vida.

Reflexiones, Textos para orar

Sincero, sinceramente

Aunque tiene su importancia saber distinguir lo que es del César y lo que es de Dios, no he podido dejar de repetir: «Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa de nadie; porque no te fijas en lo que la gente sea, sino que enseñas el camino de Dios sinceramente» (Mc 12, 14).

En medio de las intenciones que tenían esos fariseos y partidarios de Herodes, resaltaron algo cierto de Jesús: su sinceridad.

Nos enseñó la fe en Dios Padre-Madre, en Dios Amor, no sólo de palabra, sino de vida, con su vida.

No nos lo puso todo bonito, que todo iba a ser fácil. ¡Lo contrario! Nos avisó de las dificultades, en algunos casos hasta tener que arriesgar la vida y las angustias que crea, pues él mismo lo vivió. Otra cosa es que no queramos ser conscientes de esa realidad o que en el lugar donde vivimos lo veamos muy lejano, al no tener ese riesgo, aunque no quiere decir que en todos los sitios se viva así.

Y su palabra y su testimonio se lo enseñó a todos los que pasaron por su camino. Otra cosa es cómo le escucharon, desde qué mirada le vieron, le observaron, hasta dónde dejaron que penetrase en su vida, que formase parte de ella, que vibrasen sus palabras positivamente o no.

Señor, quiero seguir aprendiendo tu camino sinceramente, para poder darte a Ti lo que es tuyo: el amor vivido en la vida cotidiana.

Gracias, Señor, por tu sinceridad.

Reflexiones, Textos para orar

Autoridad bien entendida y sinceridad

Los siete versículos de Mc 11, 27-33, me han hecho dos preguntas al leerlos: qué entiendo por autoridad y cómo respondo a ciertas preguntas.

Los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores, y le preguntaron a Jesús: ¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad? Y sin tener en cuenta la respuesta de Jesús, sí me fijo en el concepto que tenían ellos de esa palabra. Para ellos, autoridad era poder, en cambio para Jesús era servicio.

A la vez es importante ver que está escrito después de reaccionar Jesús violentamente porque, como él dijo: Mi casa se llama Casa de Oración para todos los pueblos y vosotros en cambio la habéis convertido en cueva de bandidos. En momentos «deformamos» la buena finalidad de algunas cosas, proyectos, obras, cuyo primer propósito es bueno, pero la autoridad mal entendida, lo transforma de modo negativo.

Mi otra reflexión me viene al ver la actitud y preguntas que se hacían para responder a Jesús. Al meterme yo en «el pellejo» cuando me hacen una pregunta importante: ¿cómo respondo?, ¿con sinceridad o me preocupo por la opinión de terceras personas?

No sé si es la edad, la historia… u otros factores. A veces tengo preguntas sin respuesta. En cambio, en este momento tengo bien claro que cuando era más joven me preocupaba más la apariencia y en momentos reaccionaba como estos hombres. En cambio, actualmente me sale más la sinceridad, intentando decirlo de modo suave ante situaciones duras o ante personas muy sensibles o doloridas, pero sin mentir ni esconder esa realidad cuando crea necesario revelarla, a pesar que en momentos me cuesta expresarla.

Ante estas dos cuestiones, con sus respectivas respuestas, me viene una oración:

Gracias, Señor, por enseñarnos el verdadero significado de la autoridad, reflejado en el testimonio de vida de Jesús, toda en sí llena de servicio.

Gracias, también, por ayudarme a crecer en sinceridad -como insisto últimamente- conmigo misma y con los demás.

Textos para orar

Sígueme

Sí, Señor. Te amo y quiero seguirte.
Quiero responder a tu llamada y confiar en el Espíritu que me acompaña;
me llama en los momentos bajos, desmotivados;
me impulsa a moverme, a no quedarme parada.

Sí, Señor, tú sabes que te quiero y…
reconociendo mi fragilidad y mis defectos, mis caídas,
reconozco también mis dones y capacidades,
la gracia que tú me has dado y me das cada día.

Sí, Señor, tú conoces todo, tu sabes que te quiero.
Y ante tu llamada llena de confianza,
ante tu palabra «Sígueme»… ¿qué decirte?
Aquí estoy, Señor, dispuesta a seguirte con la ayuda de tu gracia.

Reflexiones, Textos para orar

La unidad, la comunidad

«Para que todos sean uno», es una de sus insistencias, de sus deseos. Y el ser todos uno, no quiere decir que tengamos que ser todos iguales. Él habla de unidad, no de uniformidad.

Lo que sí que es cierto es, que en medio de nuestras diferencias, hay algo que nos une: la fe en Dios «Comunidad», en ese «Nosotros» que dice Jesús, y recuerdo también al Espíritu que, aunque no esté nombrado en Jn 17, 20-26, ya lo fue en el capítulo anterior.

Nos une ese amor del Padre que está en nosotros, y que cuando somos conscientes de su presencia, nos produce alegría, esperanza, compasión… Esa presencia de amor nos mueve a transmitirlo, a contagiarlo, a compartirlo de modos muy diferentes, llegando a creer otras personas por nuestra palabra llena de vida, de entusiasmo, de testimonio.

Tampoco podemos olvidar que creemos «por la palabra de ellos» y de tantos otros que la han transmitido hasta llegar a este momento. ¡Cuánta gente lo ha hecho para que 2000 años después de su presencia, sigamos conociendo y creyendo en la fe que nos enseñó Jesús!

Gracias, Señor, por la palabra de tantas personas -que forman parte de la comunidad- que nos han transmitido y contagiado la fe en ti . Gracias por enseñarnos y ayudarnos a ser todos uno, a ser comunidad.