
No sé cómo es una semilla de mostaza ni de otras muchas plantas pero, aunque no la conozco, en una cosa me siento identificada y es que soy «pequeña», me siento pequeña. Mas, a pesar de mi pequeñez, si me dejo sembrar por Dios, por la Palabra, por el Espíritu que habita en mí, me puedo convertir en un grande arbusto, en una gran persona.
En Mc 4, 31-32, Jesús no habla de la cantidad de frutos, sino del tamaño de la planta, del crecer, del ser. Y que ese ser puede ayudar a «los pájaros a anidar a su sombra», puede a ayudar a otros a cobijarse, a crecer.
En medio de mi pequeñez, si me dejo alimentar por la Palabra, algo bueno va a salir. Sólo tengo que ser y lo demás irá saliendo con espontaneidad. Irá saliendo la acogida, el amor, la misericordia… Eso mismo me llevará a ciertos compromisos que terminan siendo parte de mi vida cotidiana, pues esos compromisos reflejan, en parte, mi forma de ser.
Al leer esto mismo que he escrito, mi mente se va a mi infancia y a los pasos que he ido dando hasta llegar a hoy. Me doy cuenta que he crecido aunque sé que hasta el último día de mi vida aquí, no habré terminado de «madurar».
Gracias, Señor, por sembrarme, alimentarme y cuidarme para ir creciendo poco a poco cada día.









