En este tiempo preparatorio del adviento en el que todavía faltan semanas para llegar a la Navidad, este texto evangélico me lleva personalmente a la conversión, a pesar que, a primera vista, parece que es más de cuaresma.
Sobre este tema me vienen las preguntas: ¿cómo vivo la conversión? ¿En qué me quiero convertir?
Reconozco que puedo decir tendencias que, en momentos, me salen casi automáticamente, y siendo consciente que no son adecuadas. Esta actitud de cambio, a primera vista no está mal más, me doy cuenta de un detalle: ¿aunque reconozca mis errores, los acepto? O dicho de otro modo: ¿asumo mi fragilidad humana? Y no es que por ese motivo no quiera vivir un momento de conversión sino que, hay modos diferentes de hacerlo.

Creo que el primer paso es aceptar mis fallos concretos y hasta habituales, ya que puedo caer en querer «convertirme» habiéndolos rechazado de tal modo que me hacen sentirme fracasada. En cambio, el modo adecuado sería no sintiéndome de ese modo ante cualquier caída, ya que soy «humana», o sea, no soy perfecta ni lo seré nunca. La finalidad de la conversión no puede ni debe ser la perfección, sino querer dar pasos en el camino que el Señor me pone, mas todo desde la humildad.
Este camino es un modo de allanar el sendero y de abrirme al Espíritu Santo que está dentro, me llama, y me impulsa a caminar desde la misericordia de Dios.
Gracias, Señor, por la presencia de tu Espíritu Santo que me quema e impulsa a esa conversión humana alimentada con tu misericordia.
