
Compadecido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio».
(Mc 1, 41)

Compadecido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio».
(Mc 1, 41)

Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».
(Mt 3, 16-17)

«Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.»
(1Jn 4, 7-8)

Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
(Mt 2, 10-11)
Comienzo con unas preguntas que me hago al leer el prólogo del Evangelio de San Juan: ¿Cómo poder expresar lo inexpresable? ¿Cómo poder introducir la existencia del Creador y su encarnación? A la vez, ¿cómo expresar en estás pocas frases las diversas reacciones de la gente: creer en Él o no?

Lo que está claro es que somos libres en creerle o no, sin olvidar que, quienes tenemos la gracia de la fe, tenemos una fuerza -no me gusta mucho «poder» por cómo se puede interpretar- que nos ayuda a vivir de otro modo cada día: a hacerlo con profundidad, no desde la superficialidad; a darla sentido; a dejarnos crecer en el amor y en todo lo que eso deriva…
El ser hijos e hijas de Dios, nos hace pensar en el Padre: en lo que nos enseña, en el amor recíproco experimentado gracias a Él, en su misericordia.
Reconozco que ciertas cosas las repito y es que son el fundamento, por lo menos para mí.
Por eso mismo, quiero recibirle cada día en su casa. Quiero conocerlo y reconocerlo. Quiero vivir, con su gracia, el compromiso de se hija de Dios, hija suya.
Gracias, Señor, por hacerte presente en medio de nosotros.

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!
(1 Jn 3, 1)
A veces he oído decir la frase de: «Año Nuevo, Vida Nueva», pero no siempre estoy muy de acuerdo con ella.
Parece habitual que el último día del año y en los últimos segundos, queremos hacer una revisión y decir deseos y opciones para cumplir en el que vamos a comenzar. Sobre lo vivido, no opino nada pero sobre el futuro… podemos caer en decir cosas tan distantes de poderlas realizar, que en los primeros días del año ya perdemos la ilusión.
A la vez, da la impresión como que puede comenzar algo que no tiene nada que ver con lo vivido anteriormente. Mas hay que reconocer que eso es imposible, ya que la historia y la experiencia ella, nos va afectando. De un modo y otro nos hace pensar y nos motiva a optar por un camino y otro.
Sólo podría interpretar esa vida nueva, cuando coinciden con fechas de «cambios de proyectos», como cuando terminas unos estudios, te casas, tomas compromisos de opciones de vida… Pero eso no tiene que ser solo en esta fecha señalada pues, hasta algunas cosas como el terminar unos estudios, en el hemisferio norte es más normal que se terminen en la mitad del año.

De todos modos, reconozco que este año esa frase sí me toca, ya que, a pesar de no cambiar mi opción de vida -sigo siendo Hermana Hija de la Cruz- sí que cambio el modo de vivirlo, al cambiar no solo de comunidad, sino también de país.No voy a uno desconocido, sino que vuelvo al mío, vuelvo a España y hasta a una comunidad en la que ya estuve anteriormente. Mas, a pesar de todo, tiene razón un amigo jesuita: «Aunque regreses a un lugar en el que estuviste, seguro que será una experiencia nueva porque tampoco eres la misma después de estos años de misión en Argentina».
Así que quiero terminar, deseando un Año Nuevo y una Vida, que no sé si tiene que ser nueva, pero sí con una opción realizable, reconociendo que, a largo plazo, nuestra experiencia va siendo nueva, porque vamos cambiando.
¡Feliz Año 2026!

«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos».
(Lc 2, 29-31)

«Levántate, toma al niño y a su madre, y regresa a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño».
(Mt 2, 20)

«No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor.»
(Lc 2, 10-11)
"Mira que estoy a la puerta y llamo..." (Ap 3,20)
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