
Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él.
(Lc 1, 66)

Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él.
(Lc 1, 66)
En Adviento el evangelio suele ser repetido. Si nos damos cuenta, hace pocos días hemos leído este texto.
Esa insistencia creo que tiene su importancia y, para mí, en este momento es la frase: «La virgen concebirá y dará a luz un hijo,y le pondrán por nombre Emanuel,que traducido significa: Dios con nosotros»(Mt 1, 23).

O sea, con ese nombre insiste que Dios está con nosotros; no nos abandona. El problema es que lo queremos ver en Algo o Alguien sobre natural, «omnipotente», y no sé si se puede llegar a decir: algo «evidente», que nos facilite su presencia. Y resulta que se acerca a nosotros en un niño recién nacido, indefenso, dependiente; en alguien tan «común» que cuesta reconocerlo.
En momentos, sin ser sólo en este tiempo litúrgico, me pregunto dónde, cuándo y cómo se me ha hecho presente en un día o acontecimiento vivido, ya que él sigue formando parte de mi historia, de nuestra historia.
Gracias, Señor, por acercarte a nosotros… por estar con nosotros.

¡Esto es Adviento! ¡Éste es el mensaje de la alegre esperanza del Adviento! como ven, la palabra del Evangelio nos trae alegría, nos trae optimismo sin salirnos de la realidad dura que vivimos…
(San Oscar A. Romero)
Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.
(Mt 1, 24)

Adviento es un tiempo muy bueno para aprender a esperar a Dios, para aprender a buscar a Dios, para aprender a descubrir a Dios.
(Pedro Casaldáliga)


¡Consuelen, consuelen a mi Pueblo, dice su Dios!
(Is 40, 1)
En este tiempo preparatorio del adviento en el que todavía faltan semanas para llegar a la Navidad, este texto evangélico me lleva personalmente a la conversión, a pesar que, a primera vista, parece que es más de cuaresma.
Sobre este tema me vienen las preguntas: ¿cómo vivo la conversión? ¿En qué me quiero convertir?
Reconozco que puedo decir tendencias que, en momentos, me salen casi automáticamente, y siendo consciente que no son adecuadas. Esta actitud de cambio, a primera vista no está mal más, me doy cuenta de un detalle: ¿aunque reconozca mis errores, los acepto? O dicho de otro modo: ¿asumo mi fragilidad humana? Y no es que por ese motivo no quiera vivir un momento de conversión sino que, hay modos diferentes de hacerlo.

Creo que el primer paso es aceptar mis fallos concretos y hasta habituales, ya que puedo caer en querer «convertirme» habiéndolos rechazado de tal modo que me hacen sentirme fracasada. En cambio, el modo adecuado sería no sintiéndome de ese modo ante cualquier caída, ya que soy «humana», o sea, no soy perfecta ni lo seré nunca. La finalidad de la conversión no puede ni debe ser la perfección, sino querer dar pasos en el camino que el Señor me pone, mas todo desde la humildad.
Este camino es un modo de allanar el sendero y de abrirme al Espíritu Santo que está dentro, me llama, y me impulsa a caminar desde la misericordia de Dios.
Gracias, Señor, por la presencia de tu Espíritu Santo que me quema e impulsa a esa conversión humana alimentada con tu misericordia.

«No hay que hacerse ilusiones. Nadie puede ser excelente en las cosas grandes, si primero no lo es en las pequeñas».
(San Francisco Javier)
El primer domingo de adviento, en realidad la primera impresión no es nada agradable. Habla de tantas catástrofes… que da miedo. Y no podemos negar que últimamente en la realidad están ocurriendo bastantes, con este cambio medioambiental por nuestra culpa, además de la violencia y de las guerras que parece que nunca terminan.
Ante todo este texto y su contexto, me quedo con la última frase: «Así también, vosotros estad preparados, porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperéis» (Mt 24, 44). En ese «venir inesperado» de Cristo, que también lo puedo ver como algo muy lejano que no me va a tocar a mí, hay algo que sí va a ocurrir y es la muerte. Lo que pasa que es un tema que casi automáticamente lo rechazamos, a pesar de ser evidente que nos va a tocar.

Cuando no tenemos mucha edad, nos parece que todavía queda tiempo para ese momento, lo vemos como algo lejano, aunque vemos noticias de accidentes con gente joven fallecida, personas con enfermedades degenerativas, el famoso cáncer ya extendido con una situación irremediable…
No digo que tengamos que pensar continuamente en la muerte pero, no hay que rechazarla. A la vez, podemos vivirlo desde la fe, desde la esperanza que también nos transmitió Jesús: que la vida no termina aquí y nos acogerá nuestro Padre Misericordioso.
Personalmente no sé si me sentiré preparada en el momento que me toque dar ese paso. Lo que sí me gustaría es poder responder como Pedro Casaldáliga: «Al final del camino me dirán: “¿has vivido?, ¿has amado?” Y yo, sin pronunciar palabra, abriré mi corazón lleno de nombres».
Señor, ayúdame a seguir creciendo en el amor y así poder dar vida al Evangelio hasta mi último día.
«Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!»
Sobre su cabeza había una inscripción: «Éste es el rey de los judíos» (Lc 23, 37-38).
En realidad, en la historia ha habido varios reyes que han muerto asesinados, pero… ¡crucificados!
El reinado de Jesús es muy diferente. A mí no me gusta mucho ese término porque, por lo menos a mí, mi cabeza va automáticamente a la corona de oro reflejo de su riqueza, al poder, a alguien a quien deben servirle, a la distancia con la gente pobre, siendo él muchas veces el causante de esa miseria, que causa la esclavitud…

Mas el de Jesús fue todo lo contrario. Él nació en un pesebre… en la pobreza (Lc 2, 7). No vino a ser servido, sino a servir (Mc 10, 45). Estaba en medio de la gente despreciada, con los pobres y publicanos (Lc 7, 34), con los enfermos y «pecadores» (Mc 1, 32)…
Como dice la canción «Rey de Reyes» de Salomé Arricibita:
REY DESCALZO, REY SIN TRONO
REY DE REYES, REY DE TODOS
SIN HERENCIAS, SIN TESOROS
CODO A CODO ENTRE NOSOTROS
REY MENDIGO, REY AMIGO
SÓLO CON AMOR VESTIDO
Gracias, Señor, por tu humilde reinado de servicio y entrega desde la pobreza. Y ayúdame a no olvidarme que: La autoridad es un servicio, como dice el libro Espíritu y Vida de las Hijas de la Cruz.
"Mira que estoy a la puerta y llamo..." (Ap 3,20)
Jóvenes Católicos y orgullosos de ello
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