
Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él.
(Lc 1, 66)

Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él.
(Lc 1, 66)

¡Esto es Adviento! ¡Éste es el mensaje de la alegre esperanza del Adviento! como ven, la palabra del Evangelio nos trae alegría, nos trae optimismo sin salirnos de la realidad dura que vivimos…
(San Oscar A. Romero)
Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.
(Mt 1, 24)

Adviento es un tiempo muy bueno para aprender a esperar a Dios, para aprender a buscar a Dios, para aprender a descubrir a Dios.
(Pedro Casaldáliga)

En este tiempo preparatorio del adviento en el que todavía faltan semanas para llegar a la Navidad, este texto evangélico me lleva personalmente a la conversión, a pesar que, a primera vista, parece que es más de cuaresma.
Sobre este tema me vienen las preguntas: ¿cómo vivo la conversión? ¿En qué me quiero convertir?
Reconozco que puedo decir tendencias que, en momentos, me salen casi automáticamente, y siendo consciente que no son adecuadas. Esta actitud de cambio, a primera vista no está mal más, me doy cuenta de un detalle: ¿aunque reconozca mis errores, los acepto? O dicho de otro modo: ¿asumo mi fragilidad humana? Y no es que por ese motivo no quiera vivir un momento de conversión sino que, hay modos diferentes de hacerlo.

Creo que el primer paso es aceptar mis fallos concretos y hasta habituales, ya que puedo caer en querer «convertirme» habiéndolos rechazado de tal modo que me hacen sentirme fracasada. En cambio, el modo adecuado sería no sintiéndome de ese modo ante cualquier caída, ya que soy «humana», o sea, no soy perfecta ni lo seré nunca. La finalidad de la conversión no puede ni debe ser la perfección, sino querer dar pasos en el camino que el Señor me pone, mas todo desde la humildad.
Este camino es un modo de allanar el sendero y de abrirme al Espíritu Santo que está dentro, me llama, y me impulsa a caminar desde la misericordia de Dios.
Gracias, Señor, por la presencia de tu Espíritu Santo que me quema e impulsa a esa conversión humana alimentada con tu misericordia.

En el Evangelio de hoy: «María se levantó y se puso en camino de prisa…» (Lc 1, 39). ¡Y es que hay experiencias que las tienes que compartir, que no te la puedes quedar tu sola y te mueven a salir a decirlas!
¿No te ha pasado en algún momento? ¿Por qué motivo?
También pone: «en cuanto Isabel oyó el saludo de María…» (Lc 1, 41).
Es cierto que yo prefiero: en cuanto Isabel «escuchó», pues es como más profunda, más consciente, se dio cuenta de lo que decía y cómo lo decía. Ese encuentro fue lo que la hizo creer.
Lo mismo que, el que yo siga creyendo, no fue por lo que me enseñaron en el colegio o/y en la familia, sino por los encuentros vividos con Jesús. Para estar equilibrada y convencida la razón y el sentimiento tienen que ir por el mismo camino, no pueden ir separados. No puedo centrarme solo en una parte y olvidarme de la otra.
Gracias, Señor, por hacerme bienaventurada, dichosa, agraciada por los encuentros contigo que han reafirmado mi fe y me han impulsado, como a María, compartir la experiencia que me orienta cada día.
¿Cómo es vivir estando “en vela” hasta en los momentos de descanso necesarios para cualquier persona? ¿Cómo es estar en vela en la alegría y en la tristeza, en el trabajo y el descanso, en la fiesta y la cotidianidad?
Creo que ese “estar en vela” es desde una actitud. Es vivir conscientemente, intentando no caer en lo rutinario, en hacer cosas mecánicamente que, cuando cambio en algún momento de camino, me confunde, me desorienta. Es sentir cada segundo.
En este “ejemplo” que nos pone Jesús dice que: “no saben cuándo llegará el dueño de casa: si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana”. No habla de venir un día u otro, sino de los diferentes momentos que puede haber en un día, comenzando desde al atardecer hasta la mañana siguiente o, dicho de otro modo, en 24 horas.
Él viene y está presente todos nuestros días.

Entonces me pregunto: ¿vivo cada día “en vela” consciente de su presencia?
Esto mismo me trae a la mente el examen de conciencia de San Ignacio que: “no es un examen de conciencia al uso, ni se trata de ver únicamente mis pecados, sino de revisar cada día con Él, para descubrir dónde y cómo se ha hecho presente, y cómo me invita a seguirle más y mejor en lo concreto de mi vida”.
Ese adviento, esa venida y esa actitud de espera que a veces puedo experimentarlo desde algo muy lejano, puedo vivirla ahora, en el hoy, en la vida cotidiana pues Él está presente aquí y ahora. Otra cosa es que yo sea consciente de su presencia.
Gracias, Señor, por estar conmigo y con todos cada día. Ayúdanos a ser conscientes de tu presencia; ayúdanos a vivir cada día “en vela”.
«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo» (Mt 11, 4). Eso dice Jesús a los discípulos de Juan.

Después de leerlo y releerlo me voy a mi historia y, personalmente lo primero que vi y oí -y yo añadiría: sentí- fueron signos de amor.
No sólo se lo hicieron a otras personas, sino que yo misma recibí esa experiencia: vi a esperanza en medio de la desesperación; me moví con la ayuda de amigos, en medio de alguna situación que me paralizaba por su dureza; quedé limpia, acogida, no rechazada, cuando fui integrada como una más en medio de la parroquia, de parte del pueblo; aprendí a escuchar a los demás, con sus realidades y dificultades; vi a gente que resucitó de su vida sin sentido, que hasta yo misma viví en una etapa; gente me anunció el Evangelio y lo anunció a otros pobres -que no tiene que ser sólo material- y ahora ellos mismos lo anuncian con su esperanza y sus gestos de amor, sabiendo compartir en medio de las diferentes pobrezas.
¿Cómo puedo escandalizarme de Jesús, que me ha enseñado a mirar y vivir la vida con profundidad, sentido y esperanza?
Gracias, Señor, por hacerme dichosa de reconocerte no desde la teoría, sino desde la experiencia, que al final me impulsa a anunciarte allá donde pueda.
"Mira que estoy a la puerta y llamo..." (Ap 3,20)
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