
Con lazos humanos los atraje,
con vínculos de amor.
Fui para ellos como quien alza
un niño hasta sus mejillas.
Me incliné hacia él
para darle de comer.
Mi corazón está perturbado,
se conmueven mis entrañas. (Os 11, 4.8c)
Me siento como cuando mi madre o mi padre «me aúpan»
y apoyando mi cabeza en sus rostros, en sus mejilla,
les escucho sus palabras.
Ese padre o madre eres tú, Señor.
Tus palabras que están llenas de cariño,
y en momentos dan más energía que el alimento físico.

Palabras y gestos llenos de amor,
que a veces rechazo
y me muevo para soltarme de tus brazos,
para bajarme y alejarme de Ti…
Eso perturba tu corazón,
se te conmueven tus entrañas.
Pero luego, vuelvo a tus brazos.
Vuelvo a dejarme aupar,
al reconocer mi pequeñez,
mi debilidad, mi fragilidad
y sentir la necesidad de tu amor
y de tu Palabra.
Apoyo mi cabeza en tus mejillas,
para escucharte con más claridad,
para ser más consciente de tu presencia en mi vida cotidiana.
Gracias, Señor, por tu amor, por tus entrañas.
