Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.
(Mt 1, 24)

Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.
(Mt 1, 24)

«Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!»
Sobre su cabeza había una inscripción: «Éste es el rey de los judíos» (Lc 23, 37-38).
En realidad, en la historia ha habido varios reyes que han muerto asesinados, pero… ¡crucificados!
El reinado de Jesús es muy diferente. A mí no me gusta mucho ese término porque, por lo menos a mí, mi cabeza va automáticamente a la corona de oro reflejo de su riqueza, al poder, a alguien a quien deben servirle, a la distancia con la gente pobre, siendo él muchas veces el causante de esa miseria, que causa la esclavitud…

Mas el de Jesús fue todo lo contrario. Él nació en un pesebre… en la pobreza (Lc 2, 7). No vino a ser servido, sino a servir (Mc 10, 45). Estaba en medio de la gente despreciada, con los pobres y publicanos (Lc 7, 34), con los enfermos y «pecadores» (Mc 1, 32)…
Como dice la canción «Rey de Reyes» de Salomé Arricibita:
REY DESCALZO, REY SIN TRONO
REY DE REYES, REY DE TODOS
SIN HERENCIAS, SIN TESOROS
CODO A CODO ENTRE NOSOTROS
REY MENDIGO, REY AMIGO
SÓLO CON AMOR VESTIDO
Gracias, Señor, por tu humilde reinado de servicio y entrega desde la pobreza. Y ayúdame a no olvidarme que: La autoridad es un servicio, como dice el libro Espíritu y Vida de las Hijas de la Cruz.

«El que quiera ser grande que se haga servidor de ustedes, y el que quiera ser el primero que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por una multitud».
(Mc 10, 43-45)
“El que quiere ser el primero debe hacerse el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9, 35)… Y es que Jesús, eso mismo que dijo, lo hizo.
Su “poder”, su “autoridad” fue el servicio. Un servicio de modo especial -pero no único- a los “intocables“, a los “impuros”, a los “humillados”. Un servicio que muchas veces no se ve; aparentemente no se valora desde afuera.
Jesús, con sus diferentes modos de servir, se bajó para dar dignidad a las personas, como reflejo de su amor. Y eso, desde donde mejor se puede hacer es desde “abajo”, para poder ver esa realidad, ser más consciente de ella y así servir en medio de las posibilidades.
Gracias, Señor, por tu autoridad que es servicio. Ayúdame a que no se me olvide a seguirte desde el servicio, como tú mismo lo hiciste.

Hace unos días, leí un pequeño artículo de <a href="http://<iframe src="https://www.facebook.com/plugins/post.php?href=https%3A%2F%2Fwww.facebook.com%2Fespiritualidadignaciana%2Fposts%2F698091805017036&show_text=true&width=500" width="500" height="637" style="border:none;overflow:hidden" scrolling="no" frameborder="0" allowfullscreen="true" allow="autoplay; clipboard-write; encrypted-media; picture-in-picture; web-share">Espiritualidad Ignaciana, que terminaba con unas preguntas: ¿Cómo ilumina esta acción de la Trinidad y la actitud de María a nuestra fe? ¿Dónde encontramos hoy al Hijo encarnado? ¿Qué colaboración me pide la Trinidad para construir un mundo más humano?
Hoy, ya muy próxima a la fecha de Navidad que celebraremos dentro de unas horas, he vuelto a cuestionármelas.
En realidad la primera respuesta que me ha venido -casi automática- ha sido: en el Merendero Mons. Oscar Romero y el Hogar Sagrado Corazón de Jesús cuando se refiere a dónde encontramos hoy al Hijo encarnado.
Jesús nació en la pobreza y las primeras personas que fueron a verle, fueron las rechazadas. En estos dos lugares llevados por el Hno. Marcelo y apoyado por mucha gente, están hombres que fueron rechazados y bien pobres y, niños y adolescentes con diversidad de pobrezas, no sólo la material.

Sí. Ahí le veo naciendo, dándonos toda su confianza, para que le cuidemos y alimentemos también con cariño; para que le miremos, le hablemos, le escuchemos…; para estar con calma y poder reunirnos con otras personas; para sentir y compartir el amor verdadero, el amor compasivo.
María, desde la humildad y la fe, desde su pequeñez, tiene la certeza que el Señor le ayudará a realizar lo que le ha confiado. Ella no está sola, sino que está con José y seguro que en sus diferentes momentos de la vida, en sus diferentes necesidades, tuvo gente anónima que la ayudó, como la familia humilde que desconocemos, pero que le dejaron lo poco que tenían, la cuadra y en ella el pesebre.
El Dios Trinidad, que nunca nos deja solos, que Él mismo es un Dios Comunidad, confió en María y ahora confía en el Hno. Marcelo y en tanta otra gente -entre la cual me siento parte- para construir un mundo más humano, donde la Buena Nueva del Amor se haga visible; para hacerlo palpable, como lo hizo Jesús.
Que con mi pequeño servicio y con mi ser, además del de tanta otra gente, pueda ver y ayudar a ver de nuevo, nacer -y renacer- el Amor de Dios en nuestros pesebres, en nuestra pequeñez… en el niño Jesús que reconocemos y llevamos dentro.
Ante la petición de los apóstoles – dicha en imperativo – «Auméntanos la fe» (Lc 17, 5), me llama la atención la respuesta de Jesús.
Él va de la «obediencia del milagro», de algo extraordinario que afecta a algo externo y ocurre por la fe, a la actitud de cómo vivir la vida gracias a la fe. Ayuda a ver «pequeños milagros», donde para otras personas sólo son casualidades. Da momentos de paz en medio del dolor; esperanza, en el sufrimiento; la gracia de hacer de lo cotidiano algo extraordinario; aliento y sentido a la vida.

La verdadera fe lleva al servicio desde el verdadero amor, el de darnos sin esperar nada a cambio. Que hace vivir como «siervos inútiles», como siervos que hacemos lo que sentimos que debemos hacer, pero un deber que nos sale desde dentro, desde nuestra fe, desde nuestra llamada como gente cristiana, de orar con la Palabra y de ver la realidad por la cual Dios también habla y compromete.
No es algo que se impone ni se compra, sino que es una gracia, que no sé si somos del todo conscientes de eso.
Gracias Señor, por la fe que das, la fe que orienta y da sentido a cada día. A veces te pediría como los apóstoles, que me aumentases la fe, pero sé que en los peores momentos de mi vida has estado tú presente de diferentes maneras. ¡Lo reconozco! Entonces, ¿qué más pedirte? Que me ayudes a alimentar y mantener la fe.

Hoy, Jueves Santo, celebramos el día de la Cena del Señor, el día de la Eucaristía… como nos la recuerda San Pablo en la carta a los Corintios (1 Cor 11, 23-26). Y en cambio, el Evangelio no dice nada del Pan ni del Vino, aunque… es la otra cara de la misma moneda.
Jesús dice: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis»(Jn 13, 12-15).
Quien comulga, se compromete a seguir a Jesús y Él, en este gesto de lavar los pies a sus discípulos, nos refleja su vida de servicio. La verdadera Eucaristía, el verdadero acto de participar de la comunión, se debe reflejar en el servicio mutuo, no sólo a los demás.

El servir a los demás y no dejar que me sirvan, no reconocer que también tengo necesidades, no vivir el verdadero amor que es mutuo, termina siendo un servicio desde el egoísmo, desde el sentirme más. En cambio, Jesús siendo el Maestro, sirvió desde la humildad y el verdadero amor, amor sin límites.
Señor, gracias por estar presente en nosotros con la Eucaristía y por recordarnos el compromiso que esto implica, por recordarnos el verdadero servicio mutuo, el servicio desde el amor, el servicio con humildad.
SERVIR… Con esa palabra me quedo, pues: «El primero entre vosotros será vuestro servidor» (Mt 23, 11).
Pero no servir de cualquier manera, desde cualquier motivación, pues puedo caer como los «escribas», los «fariseos» y como otras tantas personas que no viven ese servicio con verdadera sinceridad, queriendo ayudar, dignificar a la persona. Esa entrega -aunque aquí no la debería llamar así- la puedo hacer por orgullo propio, por querer ser la primera; la puedo hacer sin tener una verdadera motivación de servicio desde la humildad, desde el amor.

Además creo que siempre tenemos momentos para servir y de modos bien diferentes: a veces, puntuales y otras, habituales (semanales, mensuales…); atendiendo directamente a la persona o por medio de Cáritas, de Manos Unidas, de CEBs (Comunidades Eclesiales de Base)… o de otro grupo u organización que vive para servicio de gente desfavorecida.
Hay necesidades bien diferentes que precisan de un esfuerzo físico, de escucha, psicológico… o de todo.
Esta es la clave para seguir a Jesús, para hacer viva su Palabra: servir desde el amor, para ser verdadero servidor o servidora.
Gracias, Señor, por enseñarnos cuál es tu verdadera enseñanza, tu verdadero servicio. Gracias por enseñárnoslo con palabras y hechos.
"Mira que estoy a la puerta y llamo..." (Ap 3,20)
Jóvenes Católicos y orgullosos de ello
Evangelizar a través de los medios digitales