Reflexiones

Reconocer a Jesús

Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él y gritó con voz potente:
«¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo?…» (Mc 5, 5-6)

Ahí está la clave: en reconocer a Jesús.

A pesar de «rechazarle» -o por lo menos esa impresión da-, al haberlo reconocido no se aleja, sino lo contrario, se echó a correr acercándose a Jesús y se postró ante él.

Cuando le reconoce con nombre y «apellido» -Jesús, Hijo de Dios altísimo- le atrae, a pesar de querer alejarse de él. Y en ese el encuentro se serena; esa experiencia «de tú a tú» le da un sentido a su vida, una misión: se siente impulsado y Jesús le dice que comparta lo que ha vivido, a la gente de su casa, a los suyos.

Al reconocer a Jesús, atrae, me atrae… como a tantas otras personas. ¡Es algo inevitable! Y eso también tiene sus consecuencias… Tiene una misión inevitable; tiene un impulso y atracción a compartir esta fe a la gente de los alrededores… o de las distancias. ¡Es imposible callarlo!

Y tú ¿reconoces a Jesús? ¿Has tenido un «encuentro», una experiencia con él? ¿Cómo compartes esta fe?

Reflexiones, Textos para orar

Cruz de autenticidad

La canción Declaración de domicilio, de Eduardo Meana, cantada por Cristobal Fones, es una canción que a veces la pongo en oración y me siento identificada en alguna de las estrofas, dependiendo la situación del momento.

Estos días, con cierta intensidad, me viene la mente la última parte:
¡Cruz de autenticidad esperando el alba…!
Y, oscuramente… Dios… eje de mi alma.
Vivo en el lado complejamente humano de la vida.
Vivo en el lado sagradamente humano de la vida.

Una vida vivida en autenticidad, tiene sus cruces, dificultades, dudas, desolaciones… pero siempre esperando el alba, con la esperanza o, mejor dicho sabiendo, que en algún momento se verá la claridad, se vivirá la consolación.

Sin olvidar, de ningún modo, que en medio de todo -también de la oscuridad- está Dios. Él es el eje, el sentido de la vida, el que indica hacia dónde ir.

Sí. En esa etapa soy más consciente del lado complejamente humano de la vida, con las situaciones que conlleva mas, sin olvidar el lado sagradamente humano, la fe y la experiencia de Dios que la orienta.

En este momento ¿cuál es la estrofa que más te resuena? ¿Por qué?

Textos para orar

Aupada y amada por Ti

Tú, que eres el Pastor,
cuando estoy perdida,
cuando el miedo me paraliza,
cuando me siento desorientada,
cuando el pecado me debilita…
me buscas y vienes a mi encuentro.

Al verte yo con tus brazos abiertos,
me dejo aupar por Ti,
pongo mis brazos alrededor de tu cuello
y recuesto mi cabeza en tu hombro.

Acercas tu boca a mi oído
y me dices: “te quiero “, “te amo”.

Me emociono y… casi sin voz
te respondo: “yo también”.

Por dentro, siento el eco de tus palabras.
Ante esto ¿qué decir?
¡No puedo decirte nada!
Sólo abrazarte con intensidad
al sentirme, por Ti, amada.

Textos para orar

Te busco a Ti

Señor,
quiero estar unos días con tu compañía,
en tu casa, donde vives.
Quiero ver tu habitación
donde reflejas tu humildad,
y donde me acerco a tu intimidad
para ir a la mía
y así, de tú a tú,
tener un encuentro contigo.

Quiero ir y verte, encontrarte y sentirte…
y como Andrés, convencerme
-en mi caso cada vez más-
que tú eres Cristo.

Cada día me ves, te cruzas en mi camino
y me preguntas qué busco,
qué sentido quiero dar a mi jornada,
a dónde quiero ir y por qué,
con quién quiero estar,
cómo vivo los imprevistos.

Y ahora, Señor,
mi respuesta es que te busco a ti,
y quiero estar unos días contigo,
dialogar, escucharte y escucharme,
palabras y también silencios.

Gracias por llamarme a tu encuentro.

Reflexiones

¿Dónde encontramos hoy al Hijo encarnado?

Hace unos días, leí un pequeño artículo de <a href="http://<iframe src="https://www.facebook.com/plugins/post.php?href=https%3A%2F%2Fwww.facebook.com%2Fespiritualidadignaciana%2Fposts%2F698091805017036&show_text=true&width=500&quot; width="500" height="637" style="border:none;overflow:hidden" scrolling="no" frameborder="0" allowfullscreen="true" allow="autoplay; clipboard-write; encrypted-media; picture-in-picture; web-share">Espiritualidad Ignaciana, que terminaba con unas preguntas: ¿Cómo ilumina esta acción de la Trinidad y la actitud de María a nuestra fe? ¿Dónde encontramos hoy al Hijo encarnado? ¿Qué colaboración me pide la Trinidad para construir un mundo más humano?

Hoy, ya muy próxima a la fecha de Navidad que celebraremos dentro de unas horas, he vuelto a cuestionármelas.

En realidad la primera respuesta que me ha venido -casi automática- ha sido: en el Merendero Mons. Oscar Romero y el Hogar Sagrado Corazón de Jesús cuando se refiere a dónde encontramos hoy al Hijo encarnado.

Jesús nació en la pobreza y las primeras personas que fueron a verle, fueron las rechazadas. En estos dos lugares llevados por el Hno. Marcelo y apoyado por mucha gente, están hombres que fueron rechazados y bien pobres y, niños y adolescentes con diversidad de pobrezas, no sólo la material.

Sí. Ahí le veo naciendo, dándonos toda su confianza, para que le cuidemos y alimentemos también con cariño; para que le miremos, le hablemos, le escuchemos…; para estar con calma y poder reunirnos con otras personas; para sentir y compartir el amor verdadero, el amor compasivo.

María, desde la humildad y la fe, desde su pequeñez, tiene la certeza que el Señor le ayudará a realizar lo que le ha confiado. Ella no está sola, sino que está con José y seguro que en sus diferentes momentos de la vida, en sus diferentes necesidades, tuvo gente anónima que la ayudó, como la familia humilde que desconocemos, pero que le dejaron lo poco que tenían, la cuadra y en ella el pesebre.

El Dios Trinidad, que nunca nos deja solos, que Él mismo es un Dios Comunidad, confió en María y ahora confía en el Hno. Marcelo y en tanta otra gente -entre la cual me siento parte- para construir un mundo más humano, donde la Buena Nueva del Amor se haga visible; para hacerlo palpable, como lo hizo Jesús.

Que con mi pequeño servicio y con mi ser, además del de tanta otra gente, pueda ver y ayudar a ver de nuevo, nacer -y renacer- el Amor de Dios en nuestros pesebres, en nuestra pequeñez… en el niño Jesús que reconocemos y llevamos dentro.

Reflexiones, Textos para orar

Ver, oír y sentir

«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo» (Mt 11, 4). Eso dice Jesús a los discípulos de Juan.

Después de leerlo y releerlo me voy a mi historia y, personalmente lo primero que vi y oí -y yo añadiría: sentí- fueron signos de amor.

No sólo se lo hicieron a otras personas, sino que yo misma recibí esa experiencia: vi a esperanza en medio de la desesperación; me moví con la ayuda de amigos, en medio de alguna situación que me paralizaba por su dureza; quedé limpia, acogida, no rechazada, cuando fui integrada como una más en medio de la parroquia, de parte del pueblo; aprendí a escuchar a los demás, con sus realidades y dificultades; vi a gente que resucitó de su vida sin sentido, que hasta yo misma viví en una etapa; gente me anunció el Evangelio y lo anunció a otros pobres -que no tiene que ser sólo material- y ahora ellos mismos lo anuncian con su esperanza y sus gestos de amor, sabiendo compartir en medio de las diferentes pobrezas.

¿Cómo puedo escandalizarme de Jesús, que me ha enseñado a mirar y vivir la vida con profundidad, sentido y esperanza?

Gracias, Señor, por hacerme dichosa de reconocerte no desde la teoría, sino desde la experiencia, que al final me impulsa a anunciarte allá donde pueda.

Reflexiones, Textos para orar

La fuerza de Jesús

Lo primero que veo en Mt 3,1-12 es la humanidad de Juan con sus consecuencias, o sea, la posible equivocación de todo ser humano, a pesar de su oración, de su encuentro con Dios. Para el mismo Jesús fue una persona importante. Pero la idea que tenía Juan del Señor que iba a llegar y que ya había anunciado el profeta Isaías, fue diferente. El Bautista lo expresaba con amenazas, con miedo y Jesús, el Señor esperado, hacía vivo ese Reino de Dios con misericordia, con amor, desde la libertad.

Mas lo que me importa, la frase que me habla en este momento es la de: «el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni llevarle las sandalias» (Mt 3, 11).

Esa fuerza de Jesús que, sin negar que fuera física, quiero resaltar la espiritual, la de dentro. Esa fuerza suya que Él mismo transmite, comparte, contagia: me da esperanza en el sufrimiento; me mueve, me ayuda en los momentos de miedo; me levanta de las caídas, desaciertos, equivocaciones; me alienta en medio del cansancio; me da paz en la angustia, en el dolor…

Tampoco me puedo olvidar que cada día, con su testimonio de servicio, me hace crecer en humildad y me ayuda a reconocer que “no merezco ni llevarle las sandalias”.

Gracias, Señor, por bautizarme con tu Espíritu Santo y fuego, por compartir tu fuerza que me anima a seguirte libremente y por amor.

Reflexiones, Textos para orar

Meteos bien en la cabeza

El capítulo anterior a la pasión y muerte de Jesús en el evangelio de Lucas asusta. Y si nos ponemos a mirar la realidad, -ahora que la tecnología rompe muchas fronteras y distancias físicas, y en cuestión de minutos sabemos lo que ha ocurrido en la otra punta del mundo- los asesinatos, la guerra… tristemente son temas de las noticias diarias.

En medio de esta realidad bastante -aunque no toda- violenta, nadie sabemos cómo vamos a terminar.

Es cierto que lo que menos pienso es en morir a causa de la violencia, y tampoco me veo secuestrada ni nada parecido pero, sí que es verdad que los insultos por el hecho de ser religiosa, en algunos lugares es más fácil oírlos. Y ante una situación así ¿cuál sería o será mi reacción? Yo, que si tengo que compartir un comentario a un grupo de personas, por ejemplo en una Celebración de la Palabra, le tengo que preparar, escribir y, más que compartirlo mentalmente, leerlo por lo menos ciertos párrafos… viviendo todo esto con bastante tensión.

Después de esta pregunta sin respuesta, me viene esta frase de Jesús: «METEOS BIEN EN LA CABEZA que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.» (Lc 21, 14-15)

Gracias, Señor, por ayudarme a crecer la paz y la confianza especialmente en los momentos adversos. Y también méteme bien en mi cabeza que ante diversas situaciones me pondrás las palabras, el silencio, los gestos y tantos otros medios con los cuales nos comunicamos.