Reflexiones, Textos para orar

Bienaventuranzas de hoy

La verdad que las Bienaventuranzas tanto de la Palabra, como las que hemos podido ir actualizando para nuestra vida actual, son para orar poco a poco.

Por este motivo, voy a ir compartiendo esta semana, unas que escribí hace tiempo, pero que para mí, siguen siendo adecuadas a mi día a día.

Hoy comienzo con:

Felices los humildes, porque son «grandes de corazón».

Felices los que tienen serenidad con la gente, capacidad de escucha, como la tiene el Señor.

Reflexiones, Textos para orar

La necesidad de orar

Jesús muchas veces nos habla por medio de parábolas, que tenemos que escucharlas con atención para sacar una conclusión. Mas en Lc 18, 1-8, antes de compartirnos la parábola, nos está escrito lo que nos quiere enseñar: es necesario orar siempre, sin desfallecer.

Creo que dependiendo de esa constancia en la oración, habrá -encontrará- esta fe en la tierra, pues la oración es el alimento y reflejo de nuestra fe. Si no tenemos fe, no oramos. Pero si la tenemos, oramos y eso mismo la va manteniendo, la ayuda a crecer. Es ese encuentro con Él que no tiene que ser siempre de petición, aunque esta parábola puede dar esa imagen.

A la vez, me vienen esa oraciones que sí tienen una petición y que Dios responde por medio de mediadores. Las veces que no me encontraba bien y necesitaba ser escuchada, orientada ante una situación concreta… puso a alguien en medio de mi camino que me ayudó. Eso mismo me hace ver que en momentos yo seré la mediadora y ¿con qué motivación voy a actuar? ¿Va a ser como un servicio sincero o como este juez que se quiere quitar cuanto antes a la mujer, porque sabe que no le va a dejar en paz? ¿De qué modo me gustaría que me ayudasen a mí?

Señor, gracias por la gente que me pones en mi camino, para ayudarme en mis necesidades y por las veces que me pones como mediadora, ante las situaciones de otras personas. Gracias por esos encuentros contigo, que alimentan la fe y me ayudan a ver tu presencia en mi vida.

Reflexiones, Textos para orar

Dejarse sanar

Muchas veces, al leer el evangelio de Lc 17, 11-19, me he quedado en el agradecimiento del samaritano a Jesús, por haberle curado. Pero hoy el punto de referencia para mí ha sido diferente.

Ese «se pararon a lo lejos», me ha hecho pensar en esa ley de distancia, de no poder tocar a esa gente impura. Es cierto que ante la ignorancia de aquella época -pues hasta una soriasis, se consideraba lepra- y el miedo al contagio, la ausencia del contacto físico evitaba el contagio. A la vez me viene ese peso social, esa exclusión por el pecado, que era la respuesta al «por qué» que tantas veces se preguntaban -y nos preguntamos- en diferentes situaciones, como es en este caso la enfermedad.

Volviendo a leer la frase -con parte de mi rebeldía- me pregunto: ¿por qué quisieron seguir guardando esa distancia? En momentos, ¿la gente no va en contra de la Ley? ¿La hemorroísa no toca la ropa de Jesús? O siguiendo este mismo texto de Evangelio ¿por qué no le dieron las gracias a Jesús los otros nueve leprosos, tras haberse curado? ¿Fueron conscientes de su «sanación»?

Si lo traigo a diferentes situaciones actuales, añadiría una pregunta más: ¿prefiero seguir siendo víctima, para seguir teniendo cierto protagonismo o/y evitarme ciertas responsabilidades? ¿Prefiero seguir buscando enfermedades en mi cuerpo y evitar compromisos hacia los demás? ¿Me ciego y desespero en lo que no puedo -o no podemos- y no miro las capacidades, dones, posibilidades?

Algunas personas cuando conversas con ellas siempre te hablan de enfermedades o dificultades de todo tipo, y cuando les pones una salida, les informas de diferentes apoyos, etc. también tienen dificultades para esas ayudas o, simplemente pasan de largo, no van. Se han «acomodado» en ese rol y les cuesta salir.

Quien acepta la curación y la reconoce, vuelve donde Jesús, se siente impulsado a acercarse a Él y agradecerle su Palabra.

¿Te dejas sanar por Jesús en diferentes situaciones?

#evangelio

#reflexión

#dejarsesanar

#agradeceraDios

Reflexiones, Textos para orar

La gracia de la fe

Ante la petición de los apóstoles – dicha en imperativo – «Auméntanos la fe» (Lc 17, 5), me llama la atención la respuesta de Jesús.

Él va de la «obediencia del milagro», de algo extraordinario que afecta a algo externo y ocurre por la fe, a la actitud de cómo vivir la vida gracias a la fe. Ayuda a ver «pequeños milagros», donde para otras personas sólo son casualidades. Da momentos de paz en medio del dolor; esperanza, en el sufrimiento; la gracia de hacer de lo cotidiano algo extraordinario; aliento y sentido a la vida.

La verdadera fe lleva al servicio desde el verdadero amor, el de darnos sin esperar nada a cambio. Que hace vivir como «siervos inútiles», como siervos que hacemos lo que sentimos que debemos hacer, pero un deber que nos sale desde dentro, desde nuestra fe, desde nuestra llamada como gente cristiana, de orar con la Palabra y de ver la realidad por la cual Dios también habla y compromete.

No es algo que se impone ni se compra, sino que es una gracia, que no sé si somos del todo conscientes de eso.

Gracias Señor, por la fe que das, la fe que orienta y da sentido a cada día. A veces te pediría como los apóstoles, que me aumentases la fe, pero sé que en los peores momentos de mi vida has estado tú presente de diferentes maneras. ¡Lo reconozco! Entonces, ¿qué más pedirte? Que me ayudes a alimentar y mantener la fe.

Textos para orar

Señor, Padre Misericordioso

Leyendo oraciones de otros momentos que sigo viviendo hoy:

Señor, sé que tú me miras con cariño, aunque yo esté todavía lejos.

Se te mueven tus entrañas al ver mi ropa rota… al verme rota por dentro.

Corres hacia mí para que yo llegue lo antes posible a tu encuentro y quitarme un peso de encima. Porque muchas veces, los últimos pasos para llegar a estar contigo son los que más me pesan, aunque haya preparado alguna frase para pedirte perdón y romper el silencio frío que había tenido contigo.

Más tú sin esperar a que te diga nada, me abrazas y me besas reflejando tu amor, haciéndome palpitar el corazón bien fuerte, llenándome de alegría y de esperanza.

Gracias, Señor, por impedirme hablar en este momento, por dejarme abrazarte, por sentir tu misericordia, tu paz, tu amor… desde dentro.

Textos para orar

Necesito esa invitación

Señor, contigo necesito esa invitación, ese encuentro,
pero reconozco que en momentos
yo misma lo rechazo, invitando a los demás,
-que también es necesario-
y olvidando que preciso de una mesa,
con poca y sencilla variedad de comida
pero con un intenso encuentro, de tú a tú,
bien directo…
pues ese es el mejor alimento.

Necesito esa invitación para reconocer mi pobreza
y la gracia que a la vez es, al crear dependencia,
comunidad, corresponsabilidad,
amistad pura que alimenta.

Necesito esa invitación porque soy lisiada.
Ante las dificultades, el miedo me paraliza,
mis manos se “congelan”,
y necesito calor que me anime,
que me mueva.

Necesito esa invitación para aliviar mi cojera,
mis tropezones y caídas de algunos días,
que me paran o me hacen caminar
con excesiva cautela.

Necesito esa invitación para quitar mi ceguera
cuando me niego a ver esperanza,
amor, vida… a pesar de la guerra…
Tanta gente humilde que comparte lo que tiene
sin condiciones y hasta con miseria.
También hay gente compasiva,
por favor, que no me olvide de ella.

Señor, que sepa invitar y ser invitada,
escuchar y ser escuchada,
y todo sin condiciones,
desde tu amor, desde tu gracia.

Reflexiones, Textos para orar

Invítame

El texto de Mt 20, 1-16 nos habla de jornaleros., y me llama la atención que sólo los primeros son los que se fueron a trabajar sabiendo lo que iban a cobrar… y los que reclamaron cobrar más de lo acordado, siendo conscientes del trabajo duro de la viña a pleno sol. Los demás -no sólo los últimos, sino también los del medio día y media tarde- trabajaron con la confianza de cobrar lo debido o, sin saber ni si iba a ser así pues, a los últimos sólo les dijo que fueran; no les comentó nada del salario.

En este caso, es verdad que Dios es protagonista por su generosidad y su justicia, que no es como la nuestra. Lo que admiro también es la confianza de los trabajadores. ¿Lo debido para el dueño iba a ser lo debido que creían ellos? Lo cierto es que no preguntaron y se confiaron.

Me vienen a la mente «trabajos» que en realidad son compromisos en la parroquia o en otros proyectos que, en realidad no voy por conseguir un salario, sino que lo hago voluntariamente. A pesar de eso, puedo colaborar con una segunda intención un poco inconsciente o escondida, que me haga actuar en momentos exigiendo reconocimiento, mérito, poder… por llevar más tiempo ayudando o por algún otro motivo.

Pero lo que verdaderamente me debe impulsar al trabajo en su viña, es que me dará lo que necesite y Él es el que mejor sabe lo que necesito. Además siento que no es trabajar para conseguir un «salario», para conseguir algo, sino trabajar en lo que Él quiere y ve necesario, es trabajar con Él, confiando en Él. A veces el trabajo será duro, a pleno sol todo el día y otras será leve, la última hora del día. Mas es estar atenta y disponible cada día para responder su llamada.

Mi oración hoy es la canción Invítanos de Ain Karem:

SEÑOR, SAL AL CAMINO
E INVÍTANOS, DE NUEVO,
A TRABAJAR EN TU VIÑA.
NO IMPORTA A QUÉ HORA,
NO IMPORTA A QUÉ PRECIO,
NUESTRA PAGA ERES TÚ Y TU REINO.