Reflexiones, Textos para orar

Qué quieres de mí

Al orar, hay momentos que me centro en frases del Evangelio y otras veces me ayudan mucho más ciertos comentarios de ese texto.

Hoy he leído: «Les aseguro que todo lo que pidan al Padre en mi nombre, él se lo concederá» (Jn 16, 23). Y después he seguido con el comentario:

El discípulo logra una comunión tal con el Padre y el Hijo, que su oración llega a ser escuchada. Sin embargo, esto no significa que la oración deba entenderse como el resultado de pedidos y requerimientos personales o individuales, ni mucho menos como si Dios atendiera nuestra oración caprichosa de necesidad de bienestar. El verdadero discípulo vive en comunión plena con el Padre, y por lo tanto, su oración es conforme con la voluntad del Padre. (La Liturgia Cotidiana de la editorial San Pablo)

Mi respuesta ha Sido con una canción de Salomé Arribita.

Reflexiones, Textos para orar

El modo equilibrado

Sabemos la importancia de la sal y de la luz pero, últimamente me quedo en el detalle de que sea de modo equilibrado.

Si hay poca sal casi ni se nota, se echa en falta y en exceso, arruina la comida además de poder subir la presión arterial y perjudicar la salud.

La luz si es muy poca casi ni ilumina y si es demasiada, deslumbra.

Ni quiero -ni debo- ocultar esa luz que tengo y que me ilumina en mi camino, como dice Mt 5, 15: «Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.»

Mi pregunta es qué debo hacer para ser sal y luz, para salar e iluminar a quien me rodea del modo más equilibrado posible -no me atrevo a decir totalmente equilibrado- para alumbrar y vivir las buenas obras, y así dar gloria al Padre.

¿Qué buenas obras hago? ¿En qué buenas obras participo? ¿Cómo vivo ese compromiso? ¿Desde dónde lo vivo?

¿Cómo me relaciono con la gente en la vida cotidiana? ¿Desde dónde la miro? ¿Tengo la reacción «automática» de acogida?

Señor, te pido la gracia de ser sal y luz, del mejor modo posible, con la gente que vivo, que trabajo, que colaboro… con la gente que me cruzo en mi vida cotidiana.

Reflexiones

Amigos

«Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.»

Con la gente que no se tiene mucha relación, hablamos del tiempo meteorológico, de algo que ha ocurrido en el municipio o en el lugar de trabajo… pero no de temas personales íntimos. Esto último sólo se habla con amigos… y diría yo que tampoco cualquiera.

Para que dos personas sean amigos las dos tienen que poner de su parte, con esa confianza mutua, cariño, tiempo compartido…

En este caso, Jesús ya pone de su parte. Quiere ser nuestro amigo. Nos comparte lo más íntimo: el Padre. Confía en nosotros. Nos ama… ¿Qué más queremos?

Solo falta que pongamos nuestra parte… mi parte.

¿Confío en él? ¿Le amo como un verdadero amigo, con lo que eso compromete?

Gracias, Señor, por enseñarme lo que es una verdadera amistad, por darme la oportunidad de ser tu amiga, por ser tú el amigo que me escucha, me enseña, me alimenta la vida.

Reflexiones

La vid y el sarmiento

«Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí». (Jn 15, 4)

El sarmiento, las ramas se alimentan del tallo fuerte, del tronco de la vid. Por dentro no tiene que haber nada que obstruya, ni ninguna rotura, para que la sabia alimente bien al sarmiento y así de su fruto, saliendo sabrosos ramos de uvas.

Trayéndolo a mi vida cotidiana, que como cristiana quiero dar fruto, me pregunto: ¿me alimento cada día de la vid, de Jesús? ¿En momentos pongo obstáculos, dando preferencia a otras cosas que impiden tener ese momento necesario para “nutrirme” cada día?

Señor, quiero permanecer en Ti. Gracias quererme alimentar cada día para que mi vida dé fruto.

Textos para orar

Tengo sed de Ti

Tengo sed de Ti, Señor, de Ti Dios vivo.
Quiero verte cara a cara
para que al instante me digas tus respuestas
aunque sólo sea con la mirada.

Quiero ver tu rostro, Señor,
para que coordine mi pensamiento con mi sentimiento…
y poder responder con certeza
de un modo concreto a tu llamada.

Deseo serenidad
en medio de este momento de turbación,
de inquietud, de incertidumbre…

Sé que, a pesar de todo,
me llegará el momento de calma contigo,
me llegará el momento de consolación.

Reflexiones, Textos para orar

Quiero levantarme

En esta realidad muchas veces cronometrada en la que vivo, a veces es difícil encontrar un tiempo para estar con Jesús, que es quien me guía el camino de la vida. La ausencia de los encuentros con él me paralizan, al sentirme cada vez invadida por el mundo de desconfianza, de violencia… por el mundo sin sentido.

Reconozco que en momentos, ante la primera dificultad, me paro y hasta lo justifico sin mirar si hay otras opciones. Es cierto que no siempre una consigue lo que busca, pero también es cierto que algunas de las veces que me paré ante el primer obstáculo en el camino, podría haberlo pasado dejándome ayudar o con algún otro esfuerzo al que no me sentía disponible -que no quiere decir que no pudiera-.

El enfermo, ayudado por sus amigos que buscaron salida para encontrarse con Jesús, se sintió «sanado» con la capacidad de cargar su cama y ponerse en camino; cargar su peso, sus limitaciones, sus dificultades… y seguir adelante.

¡El encuentro con Jesús le levantó!

Señor, ayúdame a tener todos los días un encuentro contigo. Unas veces será en silencio y otras con ruidos por dentro, pero siempre siendo consciente de tu presencia que me impulsa y me llama a levantarme cada día y ponerme en camino hacia mi casa, que es tu casa.

Reflexiones, Textos para orar

El poder del Espíritu Santo

Juan el Bautista dijo: «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo» (Mc 1, 7-8).

Sí. Es cierto. Es más poderoso. Pero no desde el poder que casi automáticamente imaginamos: poder de mandar o de riqueza. Su poder es el Espíritu Santo.

Espíritu que le mueve a compartir el Amor del Padre y lleva al servicio: a compartir la Palabra, el tiempo, las capacidades… todo desde dentro, con sentido.

¡Y cuántas personas se han cruzado en mi vida, que siguen reflejando ese Amor, haciendo viva la Palabra, desde la humildad y el servicio!

Gracias, Señor, por cruzarte por medio de ellas en mi camino y ayúdame con el Espíritu a reflejar con mi vida tu Palabra.

Reflexiones, Textos para orar

Estar «en vela»

¿Cómo es vivir estando “en vela” hasta en los momentos de descanso necesarios para cualquier persona? ¿Cómo es estar en vela en la alegría y en la tristeza, en el trabajo y el descanso, en la fiesta y la cotidianidad?

Creo que ese “estar en vela” es desde una actitud. Es vivir conscientemente, intentando no caer en lo rutinario, en hacer cosas mecánicamente que, cuando cambio en algún momento de camino, me confunde, me desorienta. Es sentir cada segundo.

En este “ejemplo” que nos pone Jesús dice que: “no saben cuándo llegará el dueño de casa: si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana”. No habla de venir un día u otro, sino de los diferentes momentos que puede haber en un día, comenzando desde al atardecer hasta la mañana siguiente o, dicho de otro modo, en 24 horas.

Él viene y está presente todos nuestros días.

Entonces me pregunto: ¿vivo cada día “en vela” consciente de su presencia?

Esto mismo me trae a la mente el examen de conciencia de San Ignacio que: “no es un examen de conciencia al uso, ni se trata de ver únicamente mis pecados, sino de revisar cada día con Él, para descubrir dónde y cómo se ha hecho presente, y cómo me invita a seguirle más y mejor en lo concreto de mi vida”.

Ese adviento, esa venida y esa actitud de espera que a veces puedo experimentarlo desde algo muy lejano, puedo vivirla ahora, en el hoy, en la vida cotidiana pues Él está presente aquí y ahora. Otra cosa es que yo sea consciente de su presencia.

Gracias, Señor, por estar conmigo y con todos cada día. Ayúdanos a ser conscientes de tu presencia; ayúdanos a vivir cada día “en vela”.

Reflexiones, Textos para orar

El mandamiento más grande de la ley

Hoy hay una cadena de preguntas y es que uno de los fariseos -no sé si con buenas o malas intenciones- le pregunta a Jesús cuál es el mandamiento más grande de la Ley. Ante esto, Jesús responde. «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu» (Mt 22, 37).

Entonces me pregunto: ¿cómo amo al Señor? En parte lo hago amando su creación que son su reflejo y en esa creación está el prójimo, están las personas de otros países y las que tengo a mi lado, que al escuchar su nombre la identifico, la pongo su rostro.

El amor a Dios y el amor al prójimo van unidos. Como dice Jesús, el segundo mandamiento es «semejante» al primero: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22, 39).Llevándome esto a cuestionarme cómo amo a mi prójimo.

Al momento me viene un recuerdo de que antes nos ceñíamos en el amor al prójimo olvidándonos de nosotros. Ahora nos damos cuenta que lo mejor es el equilibrio: el amor al prójimo y también a mí misma, «preocuparme» también por mí misma. Y el modo de no caer en un egocentrismo, es tratando a los demás como me gustaría que me tratasen a mí; es esa empatía. Es ese amor al prójimo y a mi misma inseparable el uno del otro. Y en medio de ese amor auténtico, está el amor a Dios consciente o inconscientemente.

Gracias, Señor, por enseñarnos a amar y a hacer con el amor una vida plena.