Señor, cada día quiero ir de madrugada para que me «contrates», para que me confíes lo que tú quieras y creas que puedo hacer en tu viña.
Sé que no me pedirás algo imposible, aunque eso, no quiere decir que no me cueste.
También sé que me pagarás lo que sea «justo»… desde tu justicia, desde la mejor. Así que, no te pido ningún mínimo. Sólo deseo, lo mismo que tú deseas de mí: trabajar en tu viña, en tu Iglesia, en tu parroquia, a pesar que, en momentos sea a pleno sol.
El hecho de estar allí con otros hermanos y hermanas ya es para mí el salario suficientes para alimentarme ese día.
Señor, gracias por invitarme a trabajar en tu viña.
Señor, no soy digna de que entres en mi casa, en mi vida, dentro de mí… pero tú has entrado y me has dado la fe que me mueve, que orienta mi vida.
Señor, no me siento digna de ningún diálogo contigo… pero tú has dialogado conmigo en un clima sereno y has hecho que todos mis sentidos estén atentos a tu Palabra.
Señor, no me creo digna de que confíes en mí, en mi constancia… pero tú has confiado y me has dado una misión.
Todos somos las piedras que formamos la Iglesia. Unas personas serán las piedras de la vigas principales, pero también necesitan delas piedras que formamos las paredes.
Unas vigas solas no sirven para nada; sólo para malgastar un terreno que al final muchas veces se usa para dejar desperdicios.
Yo soy una de las piedras que formamos la Iglesia Viva.
El evangelio de Mateo, nos habla de una mujer cananea que rompe las fronteras físicas del país y hasta de la propia fe, por sanar a su hija. ¡Eso es una verdadera madre!
Pero más que detenerme en eso, y en el cambio que hizo Jesús abriéndose a gente extranjera, centro mi punto de atención en los discípulos y qué les motiva para insistir a Jesús que atienda a esa persona: «Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos» (Mt 15, 23).
Sin quitar valor a las demás partes del texto, me centro en esta porque: ¿es una verdadera motivación para ayudar a la mujer?
Y llevándolo a mi vida personal: ¿estoy comprometida en algún compromiso a favor de personas con alguna carencia? ¿Ayudo alguna vez, puntualmente? ¿Cuál es el verdadero motivo? ¿Quiero ayudar a esa persona o, «me la quiero quitar de encima» como parece que les pasa a los discípulos? ¿Por lo general ayudo «de corazón» pero, hay momentos o personas concretas que lo hago para que me se vayan cuanto antes?
Señor, que con tu gracia ayude de corazón, con afecto y respeto a quien tiene alguna necesidad y pueda ayudarle de algún modo; ayúdame a crecer en el amor.
Cada día me dices: «¡Ánimo!» Y tu Palabra me da aliento y fuerza para comenzar la jornada.
Cada día me dices: «Soy yo». Y me ayudas a reconocer tu presencia en las alegrías y las penas, en el trabajo y descanso, estando sola y acompañada, en cada momento de la vida cotidiana.
Cada día me dices: «No temas». Y me impulsas a dar nombre a mis miedos y caminar adelante, a pesar de ellos, porque sé que en cada caída me vas a sostener con tu mano.
Entonces, ¿cómo responder a tus palabras? Te reconozco, Señor, y estoy animada a seguir tus pasos.
Me imagino esa escena: a Pedro, Santiago y Juan, no viendo, sino contemplando a Jesús hablando con Moisés y Elías. Me imagino a esos tres discípulos que tienen un encuentro con Jesús, que les da la certeza de que él es el Mesías esperado, el Mesías que confirma y reafirma la Ley y los Profetas. Me imagino especialmente a Pedro en ese encuentro intenso y gozoso, mas también extraño, que no sabe cómo reaccionar… y tampoco desea salir, sino que quiere quedarse ahí, asegurando la presencia de quién le da esa paz, en este caso, acompañado.
Al traerlo a mi vida, me vienen a la mente esas oraciones intensas de paz, de las que preferiría no «salir». Esos encuentros que, como a estos tres discípulos, me dan la certeza de la fe, la certeza del Mesías. Esa experiencia que… ¡es inexplicable! ¡Hay que vivirlo! Y por ese mismo hecho de ser difícil expresar la fe, de querer demostrar lo indemostrable, me da miedo hablarlo, expresarlo, hasta que no hay un mínimo de confianza con la persona a la que se lo comunico.
En momentos, me gustaría estar «allí arriba en la montaña», en la certeza compartida con Pedro, Santiago y Juan… y tantas otras personas que viven profundamente esta fe, y no «bajar a la realidad», donde Jesús también está presente, pero es más difícil verle y reflejarle con actitudes y actos, con hechos concretos en momentos difíciles. Es más difícil plasmar la fe en la que y en quien creo. Ya que la certeza de la fe, me lleva a un modo de ver la vida, de actuar en ella, de vivir.
Gracias, Señor, por darme la gracia de la fe y animarme a levantarme para vivirla «abajo», con el pueblo.
Llena de alegría estoy al encontrarte, Señor, en mi vida, al conocerte cada día un poco más, al sentirme atraída por tu camino.
Llena de alegría estoy al compartir lo que tengo, lo que soy, materiales, tiempo, sentimientos, al aprender lo que es empatía, al intentar crecer todavía.
Llena de alegría estoy a pesar de las dificultades, porque nunca me dejas a la deriva sino que me acompañas día y noche.
Llena de alegría estoy porque encontré mi tesoro que eres Tú, Señor, y me orientas esta vida regalada, llevándome a tu Reino de Amor.
Algunas semillas cayeron al borde del camino y los pájaros se las comieron. (Mt 13, 4)
Ni penetraron en la tierra. Como cuando veo una cita bíblica y digo que ya me la sé y no la leo, o lo hago sin atención que, reconozco, que alguna vez he tenido esta reacción.
¿No te ha ocurrido en algún momento que, extrañada, después de haber leído un mismo texto muchas veces, en diferentes situaciones, una palabra o frase que pasaba de largo, en ese momento te llama la atención? A mí sí me ha ocurrido. Esto quiere decir, que nunca la tengo que dar por sabida. Que siempre es bueno leerla desde la escucha, la reflexión, la contemplación, el encuentro…
Cuando leo la parábola del sembrador, casi automáticamente me veo reflejada en el ejemplo de la tierra buena: yo, persona comprometida en la parroquia, que el centro de mi vida es Cristo, y hasta soy una mujer consagrada, pues soy religiosa Hija de la Cruz.
Sé que eso hace que yo ahora sea mediadora, que ayude a sembrar la Palabra en la gente que me rodea, en los diferentes compromisos que tengo, en las personas que se cruzan en mi camino, aunque sea algo momentáneo.
Pero en la tierra no se siembra una vez, sino que se sigue sembrando. La palabra sigue siendo mi alimento, sigue penetrando en mí… reconociendo que en momentos soy el borde del camino; en otros, terreno pedregoso; y a veces, tengo espinas.
Por ese motivo, varias veces me pregunto cómo estoy yo, cómo está mi terreno. ¿Hoy, ahora dejo que la Palabra siga penetrando, o soy uno de esos terrenos que no ayudan a que dé se fruto?