Reflexiones, Textos para orar

El alegre Reino

«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo». (Mt 13, 44)

No sé si hay mucha explicación… para mí, no.

Lo que me lleva a cabo esta frase es recordarme y hacerme más consciente de esa alegría interior al ir creando y viviendo el Reino de los Cielos, el Reino del Amor de Dios y de todo lo que implica, dentro de mis posibilidades.

Eso no quiere decir que en momentos no haya dificultades, no haya tristeza. Pero la esperanza y la alegría por vivir y crear ese Reino que Dios quiere entre nosotros supera todo lo demás.

Concluyo con una canción bien alegre de Pablo Martinez que dice:
Y si amamos el Reino de Dios se hace más grande.
Y si amamos el Reino por todos lados se expande.
Y si amamos el Reino de Dios ya está aquí.

Textos para orar

Salmo 71 actualizado

Señor,
los fallos, las tendencias de nuestros padres… las nuestras
en momentos nos las queremos recordar,
se nos hacen pesadas y nos dificultan ver tu compasión,
pues estamos agotados.
En realidad, somos nosotros mismos
los que no nos aceptamos, ni perdonamos,
los que no queremos mirarnos al espejo
y vernos con claridad, con nitidez nuestro rostro, nuestro ser.

Socórrenos, Dios salvador nuestro,
líbranos de esta ceguera -en momentos pesada-
y con tu gracia, ayúdanos a ser sinceros
con nosotros mismos y con los demás;
ayúdanos a abrirnos por dentro
y así sentir tu misericordia.

Por eso, nosotros, pueblo tuyo, ovejas de tu rebaño,
te daremos gracias siempre,
cantaremos tus alabanzas de generación en generación,
con alegría… desde dentro,
al recordar cada día
el amor, el perdón, la resurrección…

Textos para orar

Señor, enséñame a orar

Señor, enséñame a orar.
A orar desde dentro
la oración que nos enseñaste,
consciente de lo que digo,
consciente de a qué me implica.

Reconozco que en momentos
es pura memoria,
es fría de sentimientos…
y eso no es orar.

Enséñame también a orar
poniendo mis propias palabras
con total sinceridad
-sin caer en la estética-.

A orar en medio del silencio,
sin vocabulario,
sin intento alguno de expresarme,
solo estando ante ti.

Hay otras veces que ese encuentro
es pura confusión,
incertidumbre, desolación…
descentrada de tu Palabra,
con ruido que me zarandea
y el minuto se hace eternidad.

Ahí, con más intensidad
deseo centrarme en tu oración
frase por frase,
llevándola a mi historia
a la presencia de tu Reino,
de tu Pan, de tu Perdón.
¡Aunque me cuesta!

Señor, enséñame a orar
especialmente esos días revueltos,
no deseados.
O mejor dicho,
enséñame a aceptar la oración inquieta
como la vida misma,
pues el encuentro contigo
y la situación vivida en el día
son inseparables.

Por eso insisto:
Señor, enséñame a orar.

Textos para orar

Como el sarmiento a la vid

En Europa, hoy sábado el texto del evangelio de hoy es Jn 15, 1-8, que tiene esa imagen de la vid y del sarmiento, y que con insistencia nos explica la dependencia que tenemos con Dios: «Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada.»

Sin Jesús, sin Dios, que nos dá un sentido a la vida, sin ese alimento que nos da cada día, nuestra vida no tendría fruto pues, a las personas no nos llena sólo la acción, el hacer. Y quien nos motiva, quien nos mueve cada día es Dios.

Como dice la canción de Maite Losada:
Sin Ti no puedo amar
siento el vacío y la soledad.
Quiero esta junto a Ti
como el sarmiento a la vid.

Reflexiones, Textos para orar

Sentada junto a tus pies

Hoy comienzo con el final del evangelio del día: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada» (Lc 10, 41-42).

Jesús dice que una sola cosa es necesaria y que María ha cogido la parte mejor, no la cosa necesaria en su totalidad, sino la parte -una parte- mejor de esa cosa.

Entonces vuelvo al comienzo donde dice que María «sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra». O sea, escuchar su palabra con esa actitud de prestarle una atención total, queriendo que todos los sentidos vayan hacia él, esa es la parte mejor pero no la única. Porque esa palabra, si de verdad es bien escuchada, mueve por dentro y lleva a servir, a hacer servicio motivado como resultado del encuentro, y así no terminar como Marta, que se siente sola y pide ayuda.

La ausencia de la Palabra, puede hacer que los compromisos no sean desde el servicio, sino desde la actividad sin una motivación profunda, que en momentos termina en un activismo llevándonos al final a un cansancio sin sentido.

En medio de este cansancio, me fijo en su modo de pedir ayuda: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».En realidad, este modo de pedir ayuda es casi imponiendo que la ayuden. Entonces ¿quién escucharía atenta a Jesús si su hermana María se centra en ayudarla?

Y también me pregunto: ante una necesidad que tengamos ¿Jesús se va a sentir indiferente, no le va a importar nada que no nos encontremos bien? ¿O es que nos centramos en algunas cosas de tal manera que, nos olvidamos de la oración, del encuentro, de la escucha de la palabra que nos ayuda a vivirlo con más serenidad, con más calma, con la motivación necesaria?

Señor, deseo estar como María, sentada junto a tus pies escuchando tu palabra, para después ponerme a servir con paz, alegría, serenidad, coraje, esperanza…

Reflexiones, Textos para orar

El posadero

Cuando leemos el texto conocido por «el buen samaritano» (Lc 10, 25-37), nos centramos en tres personajes de la parábola: el sacerdote, el levita y el samaritano. Y hasta Jesús hace referencia sólo a ellos cuando hace la pregunta «¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?»

Pero ¿por qué no tener en cuenta también al posadero? ¿Cuántas veces para poder ayudar a alguien, necesitamos la ayuda de otra persona?

Habrá gente que dirá que él lo hace por dinero, por los denarios que le ha dado el samaritano. Y me pregunto: ¿la atención a un herido entra dentro del trabajo de un posadero? ¿En qué necesitaba ayuda? No creo que fuese sólo llevarle la comida, ni creo que después de un día no dependa de la ayuda de otra persona, pues le dejaron medio muerto.

Trayéndolo más a la vida actual, me vienen a la mente personas que ayudan casi a escondidas o recibiendo el mínimo de dinero, sólo el necesario para vivir: las que se ponen a limpiar la parroquia caritativamente en horas que no hay nadie -sin saber muchos muchos feligreses quienes son-, ponen todo su empeño en la decoración, comparten su capacidad, su mano de obra…; las que en su trabajo hacen otras cosas que no están dentro de su responsabilidad, pero lo hacen por ayudar al otro…; o como ocurre en Cáritas que se da ropa y alimentos donado -la mayoría de las veces- por gente anónima.

Seguro que hay muchas más situaciones que, cada uno podemos ir concretando en nuestra vida y que en todas ellas, por diferentes que sean, hay una cosa que les une: el amor.

El amor no se «muestra», sino que instintivamente -sin pensar- se testimonia. El amor lleva al afecto, al cariño, a la compasión. El amor mueve a dar lo que puede, no te deja quieto. ¡Y el amor no tiene precio!

A la vez me viene una pregunta: ¿he sido y soy en algunos momentos como el posadero? ¿Y tú?

Reflexiones, Textos para orar

Sin miedo

No tengáis miedo. ¡Cuánta insistencia!¡Tres veces en sólo diez versículos del texto de Mt 10, 24-33! Y es que Jesús bien sabe que el miedo frena.

La verdad… que ahí me veo muchas veces identificada. Unas veces viene por verdaderas situaciones de peligro. Otras veces, ante algo nuevo que me proponen, que nunca he hecho y no me siento segura, pero confío en mi preparación o creo recursos -materiales o no- que me dan seguridad. Pero hay otras veces que el miedo me invade de tal manera, que me imagino lo que me puede pasar -sin tener que ser cosas peligrosas, pero que no me agradan- y me paralizo sólo de pensarlo.

En momentos, me da rabia sentirme paralizada. En otros, me siento comprendida por Jesús. Y hay ocasiones que es «una mezcla» de las dos cosas.

¿Cómo hacer que el miedo haga sólo su buena función de ponerme alerta en situaciones de peligro y no la de paralizarme ante situaciones que yo misma me creo mentalmente?

Tengo que asumir que ese miedo forma parte de mi condición humana y Jesús lo sabe. Esa misma comprensión que Él tiene, me hace aligerar un poco esos sentimientos no agradables y animarme a reaccionar, a no quedarme parada, a dar pasos a mi ritmo.

Me viene a la mente una estrofa de la canción «Sin miedo» que canta Cristobal Fones:
Este camino, al igual que otros muchos
Exige la lucha, no excluye el dolor
Caben mis rodeos y mis pies cansados
También esas voces que me hacen dudar
Pero en mis noches, me aferro de ti
Pero en mis noches, me aferro de ti

Ese es uno de los recursos: aferrarme a Ti, para después responder como dice el estribillo:
Sin miedo abrazo y sigo tus pasos
Busco el camino, voy peregrino
Sin miedo me confío en tu gracia
Me pongo en marcha, tu amor me basta
Sin miedo abrazo, sigo tus pasos
Busco el camino, voy peregrino
Sin miedo me confío en tu gracia
Me pongo en marcha, tu amor me acompañará

Señor, ese es mi deseo; que así sea.

Textos para orar

Padre o/y madre

Con lazos humanos los atraje,
con vínculos de amor.
Fui para ellos como quien alza
un niño hasta sus mejillas.
Me incliné hacia él
para darle de comer.
Mi corazón está perturbado,
se conmueven mis entrañas. (Os 11, 4.8c)

Me siento como cuando mi madre o mi padre «me aúpan»
y apoyando mi cabeza en sus rostros, en sus mejilla,
les escucho sus palabras.

Ese padre o madre eres tú, Señor.

Tus palabras que están llenas de cariño,
y en momentos dan más energía que el alimento físico.

Palabras y gestos llenos de amor,
que a veces rechazo
y me muevo para soltarme de tus brazos,
para bajarme y alejarme de Ti…
Eso perturba tu corazón,
se te conmueven tus entrañas.

Pero luego, vuelvo a tus brazos.
Vuelvo a dejarme aupar,
al reconocer mi pequeñez,
mi debilidad, mi fragilidad
y sentir la necesidad de tu amor
y de tu Palabra.
Apoyo mi cabeza en tus mejillas,
para escucharte con más claridad,
para ser más consciente de tu presencia en mi vida cotidiana.

Gracias, Señor, por tu amor, por tus entrañas.

Reflexiones, Textos para orar

Tu Paz

«Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa.» (Lc 10, 5)

Esa es la clave para tener un verdadero encuentro con otra persona: compartir esa paz… que no se dice con la boca, sino que se expresa en la mirada.

Esa mirada natural -no forzada-, con sentimientos -no fría-, con interés por la persona a quien mira -con empatía-, con actitud de escucha…

Esa mirada natural que en momentos, rompe las fronteras de los modos de expresarse -no sólo los idiomas- y, a pesar de no entenderse, busca todos los medios de comprender al otro, de comprenderse entre ellos.

Esa mirada natural que rompe las «máscaras de protección» creadas con el tiempo -a veces, por situaciones difíciles- y nos libera por dentro.

Esa mirada natural que, aunque cueste mantenerla largo tiempo cara a cara, y casi automáticamente, de vez en cuando se desvíe, sabemos que sigue y que es un modo de llevar la Paz a esa persona, a esa casa.

Esa mirada natural -que sale de dentro-, esa paz… que no tiene palabras…

Señor, deseo que sepamos llevar y compartir tu Paz.